martes, 14 de julio de 2020

Al Uruguay: curando los nervios a ritmo de Charleston

Ya os he comentado en más de una ocasión que la copla es un género que comenzó a dar sus primeros pasos y a hacerse popular entre el público en los años 30 del siglo pasado (gracias a voces como Estrellita Castro, Celia Gámez, Imperio Argentina o Amalia Molina, por citar algunos nombres).

Tuvo su etapa de esplendor en las décadas de los 40, 50 y 60 (dictadura franquista, con voces como Concha Piquer, Juanita Reina o Marifé).

También os dije que a partir de los 70, el género decayó, viéndose influido y eclipsado por la música pop europea. Por eso, muchos temas de los 70 y los 80 suenan más a balada y a canción melódica que a copla tal como se concebía hasta ese momento (pensad en las canciones Rocío Jurado, Mari Trini, Nino Bravo, Julio Iglesias, Perales, por ejemplo, o en la música de los grandes cantautores como Serrat). Realmente, son productos híbridos a medio camino entre la copla y la balada, ya que la intensidad y el carácter literario del contenido de las canciones es muy clásico, pero el ritmo es más cercano a la canción melódica.

Eso también pasa hoy en día. Artistas como Pastora Soler, Diana Navarro, Pasión Vega, sin ser estrictamente copleras, añaden a sus canciones (de ritmo pop, melódico) muchos giros la copla o flamenco.

Esto es, haciendo una síntesis muy básica, lo que pasaba en el periodo postcoplero. ¿Y qué pasó en el periodo precoplero (tres primeras décadas del siglo XX)? ¿Cuál era el panorama de la canción española en ese momento?

En los años 10 y 20 del siglo pasado, triunfaron géneros musicales como la zarzuela, opereta, tango, cuplé, vals o charleston, muchos de ellos importados de otros países, que sin ser estrictamente copla, sí pueden considerarse un antecedente de esta, ya que aportaron muchos elementos musicales y dramáticos. Hay que tener en cuenta que la copla es un género muy receptivo y moldeable, capaz de fusionar e incorporar diferentes ritmos y estilos. La copla toma elementos del folclore tradicional español (seguidillas, jotas, muñeiras, habaneras, flamenco, fandango…) pero también de la música internacional (tango argentino, charleston norteamericano…).

El tema de hoy pertenece a este periodo precoplero, en el que ya existen “cositas” que luego la copla tomaría unos años después. Se trata de un charleston que fue escrito alrededor de 1925 por el compositor almeriense Ángel Ortiz de Villajos, y que refleja muy bien el espíritu de los “felices años 20”: melodía alegre, desenfadada, con una puesta en escena sugerente (mujeres ligeritas de ropa, haciendo movimientos y coreografías que rozan lo erótico), de contenido surrealista (coherente, pero rozando en ocasiones lo absurdo y lo banal) y que reflejan una actitud eufórica de despreocupación ante el mundo. La canción se llama Al Uruguay


Un extraño caso a mí me ha pasado
Pues todos mis nervios se han soltado.
Y a un doctor famoso le fui a consultar,
Pero las narices me quiso tocar.
Mas, como protesté mandóme al Uruguay
Y entonces yo le contesté:

Al Uruguay, guay, yo no voy, voy
Porque temo naufragar.
Al Uruguay, guay, yo no voy, voy
Porque temo naufragar.
Mándeme a París, si es que le da igual.
Al Uruguay, guay, yo no voy, voy
Porque temo naufragar.

Estos movimientos, aunque son nerviosos
Son terriblemente contagiosos.
Y no será extraño que, al salir de aquí,
Algunos de ustedes baile así.
Si viene a protestar le mando al Uruguay
Y así me habrá de contestar

Al Uruguay, guay, yo no voy, voy
Porque temo naufragar.
Al Uruguay, guay, yo no voy, voy
Porque temo naufragar.
Mándeme a París, si es que le da igual.
Al Uruguay, guay, yo no voy, voy
Porque temo naufragar

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Literariamente, hay temas mucho mejores que este, con un lenguaje más trabajado. Sin embargo, creo que analizar este tipo de canciones es también útil, ya que constituyen el espíritu de una época. El fin de la Guerra Mundial, la prosperidad económica de los años 20, la llegada de nuevos inventos gracias a la Revolución Industrial (el automóvil, el teléfono, los electrodomésticos), la nueva tendencia consumista (gracias a las compras a plazos) provocó en la gente la adopción de una actitud más festiva y “alocada” en la manera de ver la vida.

La música se adaptó a este clima de optimismo y euforia (gracias al jazz, al charleston). En los tiempos de prosperidad, suele ocurrir, que la gente se acabe “amodorrando” y despreocupando de las cosas importantes de la vida (la situación política, económica, social), dejándose llevar por la abulia, la belleza superficial, lo transgresor, lo puramente formal, lo vanguardista, en detrimento de la realidad (de ahí que los –ismos se pusieran tan de moda en estos años: surrealismo, expresionismo, futurismo).

Por eso, para mucha gente, las letras de canciones de los años 20 tienen “mucha tontería encima” y rozan lo absurdo: que si son canciones poco comprometidas, que no dicen nada, que solo son artificios escénicos, que rozan el mal gusto, que si salen tías casi en cueros, que si hay poca moralidad…

Yo, como filólogo que no soy, no puedo decir que Al urugay sea la mejor canción jamás escrita (literariamente hablando). Sin embargo, la filología no es solo lo literario, sino también la reconstrucción de una cultura a partir de documentos escritos. Esta canción no tiene mucha calidad literaria, pero es un documento perfecto para ver un contexto histórico y cultural (motivo más que suficiente para dedicarle un espacio en este blog).

Realmente, el meollo argumental de este tema no puede ser más banal e intrascendente. El protagonista de la canción es un paciente que acude a ver al médico por un problema de nervios. El doctor le pone como tratamiento ir a las Américas, y más concretamente a Uruguay. Esto provoca la incredulidad, la sorpresa y el desacuerdo del paciente, el cual no quiere ir a Uruguay, sino a otro lugar como Paris. Como veis, se trata de una estampa que busca provocar en el espectador la sorpresa y el desconcierto mediante giros que acarician lo absurdo y lo surrealista, con un barniz de insustancialidad. Se trata de un tema donde pasan cosas, pero a la vez tampoco pasa nada. Ahí radica la esencia de este tipo de canciones.

Detrás de la figura del doctor se esconde una persona real que sirvió de trasfondo e inspiración a los creadores de este charleston. Por aquella época existía un famoso otorrinolaringólogo donostiarra llamado Fernando Asuero (1887-1942), muy conocido por sus métodos de medicina alternativa. En torno a este señor se creó una especie de mito, ya que se decía que todo aquel que pasaba por su consulta terminaba curado de todo tipo de males.

Es verdad que este señor encontró un remedio misterioso para reducir y atenuar los dolores provocados por la neuralgia de trigémino, un trastorno bastante desagradable del nervio craneal, que provocaba en el paciente fuertes dolores agudos en la mandíbula, los ojos, la nariz, los labios, la frente y el pelo. Estos dolores eran insoportables e incontrolables y provocaban muchísima desesperación en los enfermos (de hecho se llamaba “la enfermedad del suicida”, ya que mucha gente debido al fuerte dolor, se acababa quitando la vida).

El doctor Asuero creó una terapia para eliminar estos dolores, empleando métodos alternativos inventados por él. Según se ve, introducía un aparato por los orificios nasales del paciente, para así llegar a las ramificaciones del nervio trigémino, y desde ahí poder hacer un “golpe de gracia” (que no se sabía qué era exactamente). Con esto, desaparecían los dolores.

Gracias a esto, el médico empezó a hacerse famoso, y los pacientes hablaban y contaban maravillas de él y de su método. Así se empezó a crear una leyenda en torno a este señor, hasta tal punto de asignarle cosas cada vez más extraordinarias y milagrosas, que rozaban la hipérbole  y lo novelesco, y que él mismo se llegaría a creer difundiéndolo en periódicos y conferencias: que tenía el remedio para curar la depresión, los nervios y las parálisis, que un señor en silla de ruedas se acabó levantando y andando tras la consulta con el doctor, que las personas mayores con muletas eran capaces de volver a correr como si fueran adolescentes una vez visitaban al señor Asuero…Como veis, al final, este señor era visto como un chamán, que recetaba tratamientos extraños y estrafalarios, pero que podían ser muy efectivos.

El protagonista habla en primera persona. De ahí la presencia de marcas que hacen referencia al yo poético: posesivos (mis nervios), pronombres (a mí me ha pasado) y verbos (fui, protesté, contesté). El uso del pretérito perfecto simple es síntoma de que estamos ante una canción de contenido narrativo (al menos, en su primera estrofa).

En la primera estrofa de la canción se cuenta el trastorno que sufre el protagonista (de nervios), mediante una personificación de la enfermedad: pues todos mis nervios se han soltado. Para calificar y describir esta enfermedad se usa el adjetivo “extraño”. Esto de debe a que la gente tiende a diferenciar las enfermedades físicas, de las psicológicas. Mientras que las primeras son más conocidas y existen remedios y tratamientos más o menos claros (rotura de un hueso, diabetes, colesterol), las segundas resultan más desconocidas, existían pocos tratamientos (recordad que estamos en los años 20) y la gente lo asocia a la locura y los problemas mentales (la depresión, la ansiedad, los problemas de nervios…). Lo psicológico acaba infundiendo más respeto que lo físico.

El protagonista nos cuenta cómo fue a visitar a un “doctor famoso” (detrás del cual está el doctor Asuero). Así encontramos un juego de palabras, que juega con el doble sentido de la expresión “tocar las narices”: “Y a un doctor famoso le fui a consultar, pero las narices me quiso tocar”.

-Significado 1: Tocar las narices: Significa “generar polémica”, “molestar”, “enfadar”, “fastidiar”. El protagonista fue a ver al médico y este le dio un diagnóstico y un tratamiento que no fue de su agrado. Por eso dice que le fue a tocar las narices.

-Significado 2: Tocar las narices tiene un significado literal (meter algo por la nariz). Se refiere al “método estrella” del doctor Asuero que os he comentado antes. Mucha gente iba a este médico para que le metieran el aparato por los orificios nasales, tocar el nervio trigémino y así eliminar los dolores faciales.

Como veis, la expresión “tocar las narices” permite esta doble interpretación y este doble juego humorístico.

Finalmente, el protagonista cuenta el tratamiento que le ha puesto el doctor para reducir esos nervios: irse a Uruguay. En esta parte de la canción se recurre a un lenguaje arcaico, con el objetivo de caricaturizar la visión de este médico, gracias a la conjunción adversativa “mas” (hoy desaparecida) y el uso del verbo “mandar” como enclítico en lugar de como proclítico (“mandome” en lugar de “me mandó”): Mas como protesté, mandome al Uruguay. Esto le da a la expresión un aire muy añejo.

En el estribillo, el protagonista se niega a cumplir la orden del médico: “Al Uruguay, guay, yo no voy, voy”. Como veis, se trata de un juego puramente fónico, de la musicalidad por la musicalidad, mediante un efecto eco que potencia el ritmo del charleston, repitiendo la última sílaba de la palabra anterior (Uruguay, guay). Incluso dicha repetición permite resaltar una nueva palabra (guay). Guay, es una palabra que empleamos actualmente para decir que algo es bonito o nos parece bien (un tío guay, por influencia de la palabra inglesa “gay”, que significa divertido).

Sin embargo, este significado es reciente (se empezó a populariza los años 80 y 90). Originariamente, “guay” era una interjección, sinónimo de “!Ay!”. Por eso, en esta canción el “Guay” funciona como interjección, como una especie de queja del protagonista, el cual no le apetece cumplir con el tratamiento del doctor. Por tanto, además de ser un juego fónico (del significante) que da aires divertidos, “Uruguay-guay” también es un juego conceptual (del significado).

Aunque sea una queja, se trata de una queja sin trascendencia, sin enfado, sin importancia. Es como “jugar a enfadarse”, recreándote en lo banal, buscando la jocosidad de la situación (no se trata de una queja seria). Estamos ante un texto desenfadado y despreocupado. De hecho, las excusas que da para no ir a Uruguay resultan muy expresionistas, muy deformadas, incluso muy infantiles, como si el protagonista pareciera un niño pequeño que no tiene anclada la noción del mundo y de la existencia: Al Uruguay no voy porque temo naufragar

En los años 20 (sin tantos aviones ni medios de transporte como hay ahora, con gente más ingenua e inocente que no salía de sus pueblos para conocer mundo) viajar a otro continente era toda una aventura, y cuando la gente hablaba de América lo primero que se te venía a la cabeza eran las distancias tan grandes que había (un viaje duraba semanas), y el hecho de que entre España y América había muchísimo mar y te podías ahogar. Por tanto, podemos decir, que este verso puede tener dos interpretaciones:

-           una interpretación más caricaturesca: la deformación de la concepción del mundo y de la realidad que tiene el protagonista está hecha adrede y forma parte de todo el juego de la canción, ya que esta canción es puro divertimento y deformación desenfadada. El hecho de pedirle no ir a Uruguay, sino a París forma parte de dicho juego. El yo poético juega a hacerse el tonto, buscando la carcajada del espectador mediante la sobreactuación y el absurdo.

-           también una interpretación más fundamentada: la gente, acostumbrada a no viajar, no entendía ni de distancias, ni de lugares. Y el mar, lejos de ser algo lúdico como ahora donde la gente se baña y se va de vacaciones, era algo que causaba mucha fobia. Por eso, el protagonista mediante un imperativo le pide al doctor ir a un sitio más cerca donde no haya que cruzar el mar: Mándame a París, si es que le da igual

Yo me inclino más por la primera interpretación, ya que este tema está hecho desde una postura cómica. Sin embargo, dentro de esa comicidad hay cosas que nos remiten a contextos reales que pueden ser válidas en el análisis.

En la segunda estrofa, el protagonista se dirige al espectador-receptor de la canción. Tened en cuenta que muchas de estas canciones estaban compuestas para ser cantadas a un público mayoritario en teatros, cabarets…A la gente le gustaba que el cantante-actor se dirigiera al público. De ahí que haya algunas alusiones al receptor: Y no será extraño […] que alguno de ustedes baile así. De esta manera se rompe el mundo ficticio creado (la historia de la visita al médico) y se establece una conexión con lo real.

El protagonista habla al espectador sobre los movimientos nerviosos que le provoca el trastorno. Esto es una excusa de ofrecer al receptor un espectáculo picantón, sensual que rozaba lo erótico en algunos casos. Normalmente lo cantaba una mujer, así que con el pretexto de que los nervios le producían “movimientos raros”, la cantante-bailarina adoptaba poses muy provocativas con miradas que os podéis imaginar.

Otras veces, se eliminaba el componente picante, y simplemente, se ofrecía una coreografía vistosa, con mucha gente en escena, y se invitaba al público asistente a bailar, moverse y levantarse del asiento, para hacer una fiesta improvisada. El ritmo pegadizo del charleston ayuda mucho: estos movimientos aunque son nerviosos son terriblemente contagiosos, y no será extraño, que al salir de aquí, alguno de ustedes baile así.

El tiempo dramático (de la historia que nos estaba contando en la primera estrofa) se rompe a favor del tiempo escénico: el protagonista ya no está en la consulta del médico, sino en medio del escenario, y de hecho, alude a un posible final del espectáculo, cuando sea la hora de que los espectadores tengan que salir del recinto (no será extraño que al salir de aquí…). El deíctico de lugar AQUÍ enfatiza la consciencia de formar parte de un espectáculo aquí y ahora que de un texto literario. Esto es típico de la revista española que luego en España explotaría muy bien Lina Morgan.

Métricamente, se trata de una canción con una irregularidad silábica en los versos. Se usa el arte mayor, excepto en algunos versos del estribillo en los que hay algún verso octosílabo. Los cuatro primeros versos de cada estrofa forman dos pareados:

Un extraño caso a mí me ha pasado
Pues todos mis nervios se han soltado.
Y a un doctor famoso le fui a consultar
Pero las narices me quiso tocar.

Los hipérbatos (a un doctor famoso le fui consultar, las narices me quiso tocar) contribuyen a cohesionar la rima a estos pareados, y por tanto, a dar musicalidad y ritmo al tema.

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