lunes, 9 de noviembre de 2020

Un ramito de violetas (Cecilia): la mujer que recibía flores de un amante secreto todos los nueves de noviembre

Aprovechando que hoy es 9 de noviembre no puedo evitar recordar una de las canciones más emblemáticas de la cantautora madrileña Cecilia: Un ramito de violetas. Era en este día, todos los años, cuando la protagonista del tema recibía un obsequio de flores por parte de un hombre desconocido, un amante secreto que se convirtió en el pilar que daba ilusión a su vida, a pesar de estar ya casada.

La canción fue compuesta en el año 1974 por Cecilia. Su carrera artística fue corta pero intensa, con temas compuestos por ella misma que adquirieron muchísima popularidad en la época. Desgraciadamente, la muchacha murió joven, un 2 de agosto de 1976, en un accidente de tráfico que conmocionó a todo el país (similar a lo que le pasó a Nino Bravo tres años atrás).

Su música aúna lo mejor del pop británico y norteamericano con la canción tradicional española. Por tanto, en sus letras podemos detectar ecos que nos recuerdan a la copla. Además, fue una voraz lectora de los poetas españoles (Machado, Miguel Hernández, Valle Inclán…), cuyos textos fueron fundamentales para componer las canciones.

Se han hecho muchísimas versiones de este tema. La más conocida fue la de Manzanita (1981) con un enfoque flamenco muy interesante. También han interpretado el tema Soledad Giménez, Lolita o India Martínez


Enlace del video:https://www.youtube.com/watch?v=8AtSHZTwehY


Era feliz en su matrimonio

Aunque su marido era el mismo demonio

Tenía el hombre un poco de mal genio

Y ella se quejaba de que nunca fue tierno

Desde hace ya más de tres años

Recibe cartas de un extraño

Cartas llenas de poesía

Que le han devuelto la alegría

 

¿Quién la escribía versos? dime quién era

¿Quién la mandaba flores por primavera?

¿Quien cada nueve de noviembre

Como siempre sin tarjeta

La mandaba un ramito de violetas?

 

A veces sueña y se imagina

Cómo será aquel que tanto la estima

Sería un hombre más fiel de pelo cano

Sonrisa abierta y ternura en las manos

No sabe quien sufre en silencio

Quien puede ser su amor secreto

Y vive así de día en día

Con la ilusión de ser querida

 

¿Quién la escribía versos? Dime quién era

¿Quién la mandaba flores por primavera?

¿Quién cada nueve de noviembre

Como siempre sin tarjeta

La mandaba un ramito de violetas?

 

Y cada tarde al volver su esposo

Cansado del trabajo la mira de reojo

No dice nada porque lo sabe todo

Sabe que es feliz, así de cualquier modo

Porque él es quién le escribe versos

Él, su amante, su amor secreto

Y ella que no sabe nada

Mira a su marido y luego calla

 

¿Quién la escribía versos? Dime quién era

¿Quién la mandaba flores por primavera?

¿Quién cada nueve de noviembre

Como siempre sin tarjeta

La mandaba un ramito de violetas?

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La protagonista del poema es una mujer que lleva muchos años casada con su marido. Cuando un matrimonio se alarga tanto en el tiempo suele ocurrir que la monotonía, el paso de los años, el acecho de una edad cada vez más complicada, los problemas del día a día, la convivencia… acaban provocando un desgaste en la relación, que sin llegar a la infelicidad, sí supone una pérdida de la ilusión del principio.

Cuando una cosa se reitera, se repite de manera continuada, lo no normal se convierte en normal, en cotidiano, en habitual, y deja de provocar un efecto sorpresa en la vida. Esto es lo que le pasa a la mujer: aunque ella considera que ha llevado una existencia feliz como esposa (con las virtudes y defectos de la persona que quiere), al final, tantos años de matrimonio y el paso del tiempo, han provocado la pérdida de la ilusión inicial, configurando una rutina plana, lineal, insulsa, en la que apenas hay comunicación con su marido, ya que él peca de poca sensibilidad, y de no poner la suficiente atención a la relación. Diríamos que es un hombre poco romántico jejjeje

Sin embargo, esa aburrida monotonía se ve alterada cuando la protagonista empieza a recibir con cierta frecuencia, flores y cartas de amor de un hombre desconocido. Ella no sabe quién se esconde detrás de esos regalos anónimos, pero el hecho de que haya una persona que de manera secreta se preocupe por ella, le hace recobrar la ilusión y la alegría de su juventud. De esta forma, la señora empezará a fantasear y especular sobre quién está detrás de esos obsequios. Por supuesto, ella no le dirá nada a su marido, y optará por disfrutar en silencio de este amor secreto. ¿Queréis saber quién es ese amante? Solo tenéis que estar atentos al análisis y/o escuchar la canción.

En la primera estrofa encontramos el planteamiento narrativo de la historia. Se presenta a la protagonista y se describe la situación sentimental que mantiene con su marido: era feliz en su matrimonio aunque su marido era el mismo demonio

Él aparece representado con una metáfora hiperbolizada sobre su carácter que se acaba asociando a uno de los personajes más emblemáticos de la tradición popular, que es el de Satanás, el del diablo: Su marido era el mismo demonio. Es una manera de enfatizar los defectos de la parte masculina, ya que él representa al típico hombre gruñón, bruto, maniático, nada empático, poco sensible, poco comprensible, al que le falta tacto para entender y ponerse en la piel de su esposa: Tenía el hombre un poco de mal genio y ella se quejaba de que nunca fue tierno.

El cuantificador (un poco) atenúa los defectos, como una especie de eufemismo, para hacer ver que el hombre tiene sus cosas, pero no es tan malo como parece. Al fin y al cabo, está casada con él. La anteposición del verbo al sujeto (hipérbaton) también ayuda a destensar un poco ese carácter: tenía el hombre…

Sin embargo, el adverbio de negación (NUNCA fue tierno) lo que hace es enfatizar esos defectos, magnificarlos, resaltarlos.

Como veis, el yo poético adopta una postura realista que es bastante común de lo que parece. Mucha gente intenta desengañarse ocultando los defectos de la persona a la que quiere, pero al final, no es oro todo lo que reluce, y la verdad menos amable siempre acaba saliendo por mucho que la intentemos enmascarar.

No obstante, la mujer se considera feliz por haber vivido con este hombre. Valorando el conjunto, considera que ha sido más positivo que negativo. De hecho, la subordinada concesiva (los defectos) no impide la felicidad: Era feliz en su matrimonio, aunque su marido era el mismo demonio. Podríamos decir que la mujer quiere a su marido tanto en sus virtudes como en sus vicios.

En la segunda parte de la primera estrofa asistimos al punto de inflexión, al giro de los acontecimientos, al nudo de la historia. Esa monotonía inicial se rompe cuando la mujer recibe unas cartas de amor de un hombre cuya identidad desconoce: desde hace ya más de tres años recibe cartas de un extraño.

La personificación de las cartas ayuda a concebir estas como un elemento regenerador, vitalizador, capaz de aportar a la mujer ilusión, ganas, felicidad, alegría, en definitiva, aliciente y energía para seguir adelante: Cartas llenas de poesía que le han devuelto la alegría.

La reduplicación de la palabra carta en dos versos consecutivos además de dar ritmo e intriga al poema, permite resaltar ese efecto purificador de las cartas: Recibe cartas de un extraño/cartas llenas.... Al fin y al cabo, este texto alude al tópico renacentista y clásico del amor como elemento vital y esencial para la vida.

En el estribillo, el yo poético plantea una especie de juego, de acertijo, de enigma, que permite enganchar al receptor a la historia creada, y lo invita a descubrir quién se encuentra detrás de esas cartas. El narrador se comporta como una especie de juglar que usa técnicas formales para captar la atención de la gente y no se pierda las siguientes estrofas. Este enganche lo hace mediante el uso de oraciones interrogativas en paralelismo: ¿Quién la escribía versos…? ¿Quién la mandaba flores…? “¿Quién […] le mandaba un ramito de violetas?

Con el objetivo de dar dramatismo e intensidad expresiva, para formular un mismo contenido se utiliza en el mismo verso una interrogativa directa (¿Quién la escribía versos?) y una interrogativa indirecta (dime quién era).

 Se genera una necesidad, tanto en el narrador como en el receptor, de querer saber más de esta historia, de conocer todos los detalles, de poner nombre y cara a la persona que le manda flores. Podríamos decir que esta primera estrofa acaba en un momento álgido, lo mismo que en las telenovelas cuando el episodio se pone interesante y hay que cortar y dejarlo para el día siguiente.

El yo poético quiere trasladar al receptor esa ansia de saber, ese afán de curiosidad. El auditorio está ansioso por conocer la identidad de ese hombre, y el narrador tiene las mismas ganas de desvelarlo, pero hay que crear una expectación, darle emoción, intriga, dosificar la información…poco a poco jejjeje

El narrador busca la complicidad y empatía con el público-oyente, y juega un poco con él. De ahí esa acumulación de interrogativas, con el objetivo de generar inquietudes, curiosidad, ganas de indagar en el mundo ficcional creado, en ese amor secreto.

Con el objetivo de dar realismo y verosimilitud a la historia hay una recreación en el detalle, en los elementos circunstanciales: flores por primavera, como siempre sin tarjeta, cada nueve de noviembre…. El espectador necesita referentes cotidianos para engancharse a la historia, y dar detalles (el día que se mandan esas flores, la manera de enviarlas…) activan la atención del que escucha. La finalidad es que el receptor se identifique con los diferentes personajes de esta narración.

En las canciones de Cecilia es frecuente el laísmo. El laísmo es el uso antietimológico del pronombre femenino átono de tercera persona (la), que en lugar de funcionar como complemento directo, lo hace como indirecto: la escribía versos, la mandaba flores…Lo normativo y correcto en estos casos es el uso del pronombre de complemento indirecto (le): le escribía versos, le mandaba flores…El laísmo es frecuente en Madrid.

En la segunda estrofa, la protagonista fantasea y hace hipótesis acerca de la identidad del hombre que se esconde detrás de esos obsequios: A veces sueña y se imagina cómo será aquel que tanto la estima.

Aquí vemos a una mujer ilusionada, optimista, alegre, con ganas de vivir. A pesar de los años que tiene (se supone que es una señora de mediana edad) ha recuperado el espíritu de la juventud, al ver cómo hay alguien que se preocupa por ella, y esa persona, cumple con lo que ella espera de un hombre. Es el amor perfecto, idílico. Alguien que te regala flores, suele ser alguien detallista, sensible, cariñoso, tierno…todo lo contrario a su marido

La reduplicación sinonímica (sueña y se imagina) permite al yo poético introducirse en el pensamiento de la protagonista, en su mente, en sus códigos líricos. Al no ser posible la percepción concreta del amado (no sabemos quién es ni cómo es esa persona que le regala flores), la protagonista pasa del plano real, al plano de la fantasía e imaginación. A pesar de no materializar al amante, alcanza la plenitud por el simple hecho de pensar cómo es.

Eso genera ilusión, alegría, felicidad, como si lo conociera de toda la vida. Al no poder verlo, se conforma con imaginárselo y eso le basta y le sobra para ser feliz. De ahí que haga un retrato de su hombre ideal. Este retrato mezcla rasgos físicos con espirituales: Sería un hombre más de bien de pelo cano, sonrisa abierta y ternura en las manos

Resulta curioso el dibujo de amado ideal que hace la protagonista. En lugar de dejarse llevar por el canon y prototipo de belleza (hombre joven, atractivo, musculoso, alto…la versión masculina de la Donna Angelicata petrarquista jejjej), la mujer busca un señor bastante corriente y estándar físicamente (con pelo canoso, de edad madura) y prefiere resaltar su belleza interior (sonrisa, comprensión, sensibilidad…). En lugar de buscar un George Cloonie o un Brad Pitt, prefiere un hombre de la calle, normal y corriente, no tan perfecto físicamente (con canas, arrugas…), pero sí buena persona

La fantasía, la imaginación, la evasión mental se convierten en un mecanismo de defensa que impulsan a la protagonista a recobrar la ilusión que había perdido, y así poder seguir afrontando su vida. Las cartitas se convierten en energía vital, en aliento regenerador: Y vive así de día en día con la ilusión de ser querida

La relación con este hombre no se materializa físicamente (ya que no se conocen) pero la necesidad de amar y ser amada está siendo satisfecha. No hace falta contacto carnal. Solo con una buena intención (el ramito de violetas) y el poder mental (imaginándose al hombre perfecto), la protagonista se siente querida y amada.

Con la evasión y la fuerza de la mente se puede alcanzar un estado de satisfacción plena sin ser tan necesaria la presencia física y palpable. Se trata de un amor platónico puro y duro, el cual no necesita plasmarse en el mundo sensible. Para que sea consumado es suficiente con que exista una imagen mental, una idea, un concepto, un sentimiento que salga de nuestras entrañas (aunque no se plasme en el mundo).

En esta época de gran conservadurismo y rectitud moral, mucha gente se enamoraba mediante mecanismos de fantasía e imaginación y los efectos podían ser tan puros y auténticos como los de un amor cara a cara. Tened en cuenta que el matrimonio era para toda la vida, así que para una mujer, la única forma de recuperar la ilusión era así (ya que socialmente estaba mal visto que una señora casada tuviera relaciones físicas con otro hombre que no fuera su marido). Eso es lo que le pasa a la protagonista.

En la tercera estrofa el foco narrativo se centra en la figura del marido: Y cada tarde al volver su esposo, cansado del trabajo la mira de reojo

Entramos en un momento importante de la narración, el desenlace. Es aquí cuando se va a resolver el enigma, y conoceremos la identidad del amado. Con el objetivo de crear intriga y retardar lo máximo posible el momento, se empiezan a añadir complementos temporales y predicativos: Cada tarde, Al volver su esposo, Cansado del trabajo

Según se ve, el marido está al corriente de toda la historia (sabe que su mujer recibe cartas de un hombre): No dice nada porque lo sabe todo. Muchas veces el silencio, el no decir nada, transmite líricamente más que un diálogo altisonante en estilo directo.

Sin embargo, la acción da un giro cuando nos enteramos de que la persona que escribe cartas y manda flores a la protagonista es el propio marido: Ella es feliz así de cualquier modo, porque él es quien le escribe versos. Él es su amante su amor secreto.

El paralelismo desvela la realidad con claridad, sin titubeos, sin necesidad de adornos: Él le escribe versos, él es su amante... Cecilia es una cantante sencilla, limpia, diáfana a la hora de contar sus historias. No hace falta crear un culebrón de esto. Hay intriga, pero no hace falta adornarla lingüísticamente (la historia se cuenta sola).

Por lo tanto, la imagen del marido cambia radicalmente. El hombre no es tan insensible ni tan neandertal como parece. Más bien, diríamos que es bastante frío y tímido, y le cuesta explícitamente manifestar sus sentimientos delante de la mujer. Luego, en la esfera de la intimidad, la quiere mucho (y por eso, le manda flores).

Hay gente a la que le cuesta expresar lo que siente, abrirse, desnudarse emocionalmente. Sin embargo, eso no quiere decir que no se tengan sentimientos. El marido ama a su mujer. Le cuesta decir te quiero, le cuesta manifestar el afecto, le cuesta ser cariñoso, pero en el fondo tiene sentimientos de amor hacia ella. Los tiene escondidos, pero, de vez en cuando y a su manera, los saca del fondo del armario jejejjejee

Hay como una doble personalidad por la parte masculina:

-Por un lado, el marido coraza, que parece pasivo, impasible, e insensible (el mismo demonio). Es el envoltorio, la apariencia, la impresión externa. Es lo que se percibe de cara a la galería. Menudo tío más asqueroso jjejejeje (diríamos)

-Por otro lado, el marido enamorado, apasionado, tierno, detallista, que aflora en los momentos de intimidad, cuando nadie lo ve. Es en estos momentos de soledad cuando puede sincerarse de una manera diáfana, sin que los focos le deslumbren. Mucha gente saca lo mejor de sí mismo cuando no hay nadie mirando, sin presiones ni teatros. A las personas tímidas no nos gusta el protagonismo, pero tenemos nuestros sentimientos jejje

El marido quiere que su mujer sea feliz y recobre la ilusión por vivir, aunque sea a costa de su propio honor. Tened en cuenta que la mujer cree que el marido no sabe nada: Y ella que no sabe nada, mira a su marido y luego calla. Con esos silencios da la sensación de que ella se siente un poco culpable de ocultar a su marido la situación (hay otro hombre que le regala flores)

Desde la perspectiva femenina, el marido puede parecer el pobre que no se entera de nada. Aunque sea mentalmente, el hombre está siendo un cornudo, pues la mujer no para de fantasear con el emisor de esas cartas. Resulta irónico que sea el propio marido el que propicie las fantasías de su mujer, y por tanto, sea visto como un pobre cornudo

Al marido, le da igual quedar como un cornudo (siempre mentalmente, claro), con tal de ver a su mujer ilusionada y feliz. Es una manera peculiar de solidificar el matrimonio: ella es feliz recibiendo esas cartas, y él es feliz viendo a ella contenta, ya que al fin y al cabo esas cartas han sido escritas por él (no son de nadie extraño, aunque ella lo crea).

Tal vez sea vergüenza, miedo o timidez lo que le impide al marido manifestar de manera explícita sus sentimientos, y por eso, necesite crearse un personaje para poder hacerlo. Está claro, que ese juego funciona y potencia la relación. A mucha gente le impone decir te quiero, o ponerse tierno con la pareja (sobre todo a un hombre, ya que la imagen de un hombre sensible no corresponde con el arquetipo que la mayoría de la sociedad tiene).

Por eso, por ese miedo, el hombre desdobla su personalidad y la verdadera persona (la esencia) se esconde detrás de un personaje, mientras que la persona, en realidad es un personaje (ya que el hombre no es tan huraño ni tan insensible como parece). Se trata del tópico literario de la vida como teatro. Sin que nosotros nos demos cuenta, muchas veces nos convertimos en actores en diferentes situaciones de nuestra vida.

Métricamente, la canción está formado por la sucesión de pareados (versos que riman entre si): matrimonio-demonio, genio-tierno, era-primavera, cano-mano, esposo-reojo, día-querida). Esto da mucha musicalidad al ritmo.

Los versos son de arte mayor (aunque existe mucha irregularidad). En el estribillo encontramos algunos versos libres, sin rima.

El hecho de repetir palabras en dos versos consecutivos enfatiza la musicalidad: sabe, cartas, él, quién…

 


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