sábado, 31 de diciembre de 2022

La quiero a morir (Francis Cabrel): el amor en su máxima expresión

Hoy toca tema romántico. Corría el año 1979 cuando Francis Cabrel publicó su segundo álbum titulado Les Chemins de Traverse. Su canción más exitosa fue J’aime a morir, en castellano La quiero a morir. Arrasó en la lista de ventas de los países francófonos (Francia, Suiza, Bélgica, Canadá…)

Luis Gómez Escobar, con la colaboración del mismísimo Cabrel, fue el responsable de la traducción al español. Artistas como Niña Pastori, Manzanita, Alejandro Sanz o Shakira se atrevieron a versionar el tema, un tema que ha generado multitud de interpretaciones por parte de la crítica.

Unos dicen que el poema habla de un amor obsesivo, ejercido por una mujer tiránica sobre un hombre enamorado. Otros defienden que la canción es una oda a la droga. Nosotros vamos a optar por un enfoque menos rocambolesco. Se trata de un tema que habla del poder del amor para dar plenitud y sentido a la vida, aunque a veces, con un lenguaje demasiado exaltado

Los versos originales fueron obra del escritor Jean Cau, secretario del filósofo Paul Sartre. El poeta estaba enamorado de María de Los Ángeles Félix Güereña, más conocida como La Doña, estrella del cine mexicano de la primera mitad del siglo XX, que fue un ídolo de masas gracias a su belleza y glamour.

La actriz conoció a Jean Cau en las calles de París. Se enamoraron y él le escribió a ella un poema, que décadas después musicalizaría Francis Cabrel. Este es el origen de La quiero a morir. Por cuestiones económicas, Jean Cau renunció a los derechos de autoría y su obra se convirtió en una de las canciones de amor más grandes de todos los tiempos.

 



Y yo que, hasta ayer, sólo fui un holgazán
Y, hoy, soy el guardián de sus sueños de amor
La quiero a morir

Podeís destrozar todo aquello que veis
Porque ella, de un soplo, lo vuelve a crear
Como si nada, como si nada
La quiero a morir

Ella borra las horas de cada reloj
Me enseña a pintar transparente el dolor
Con su sonrisa

Y levanta una torre desde el cielo hasta aquí
Y me cose unas alas y me ayuda a subir
A toda prisa, a toda prisa
La quiero a morir

Conoce bien, cada guerra
Cada herida, cada sed
Conoce bien, cada guerra
De la vida y del amor, también

Me dibuja un paisaje y me lo hace vivir
En un bosque de lápiz, se apodera de mí
La quiero a morir

Y me atrapa en un lazo que no aprieta jamás
Como un hilo de seda que no puedo soltar
No quiero soltar, no quiero soltar
La quiero a morir

Cuando trepo a sus ojos me enfrento al mar
Dos espejos de agua encerrada en cristal
La quiero a morir

Sólo puedo sentarme, sólo puedo charlar
Sólo puedo enredarme, sólo puedo aceptar
Ser sólo suyo, sólo suyo
La quiero a morir

Conoce bien, cada guerra
Cada herida, cada sed
Conoce bien, cada guerra
De la vida, y del amor, también

Y yo que, hasta ayer, sólo fui un holgazán
Hoy, soy el guardián de sus sueños de amor
La quiero a morir

Podéis destrozar todo aquello que veis
Porque ella, de un soplo, lo vuelve a crear
Como si nada, como si nada
La quiero a morir

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El título posee un tono hiperbólico: la quiero a morir. La fuerza del amor es tan grande que sobrepasa la capacidad normal de los sentidos y la consciencia humana. El yo siente intensamente el deseo, la pasión y el afecto por la muchacha, hasta el punto de que altera su vida de arriba abajo, le mata, acaba y rompe con todo su yo anterior.

Se produce una antítesis entre el pasado y el presente: y yo que hasta AYER solo fui un holgazán y HOY soy el guardián de sus sueños de amor.

Antes de conocer a la muchacha, el yo poético se sentía vacío, abúlico, nihilista. No tenía ilusión ni ganas de hacer nada. Cuando estás deprimido y triste, no te apetece hacer esfuerzos, tu alma no tiene energía. Un holgazán es una persona a la que no le gusta llevar a cabo acciones. Se dedica a ver pasar la vida sin ningún tipo de inquietudes.

A raíz de conocer a la chica, surge en el protagonista una predisposición a la acción, a hacer cosas, a ejercer una función en la vida, que en este caso está ligada a la plena vinculación con la amada, tal como se expresa en la metáfora: soy el guardián de sus sueños de amor. Su nueva función en la vida es velar y proteger a esa persona, hacerla feliz, vivir por y para ella, acompañarla en el periplo vital, cumplir sus deseos.

El mundo exterior se representa como un caos. La realidad se dibuja de manera pesimista. El hombre es un ser destructivo, portador de sentimientos negativos (odio, crueldad…). A pesar de la deshumanización del contexto, el poder del amor es regenerador, es decir, todos los desbarajustes que provoca el ser humano son reparados, y por ende, la condición humana se revitaliza: podéis destrozar todo aquello que veis porque ella de un soplo lo vuelve a crear como si nada. Con amor, el mundo sería muchísimo mejor.

Una persona que no quiere a nadie es una persona sin ilusión, amargada, triste, infeliz. Le dan ganas de destruir y hacer cosas malas. En cambio, una persona que tiene a su lado a otra para dar la mejor versión de sí misma es una persona ilusionada, que sabe lo que quiere en su vida. Estando feliz, no te dan ganas de hacer daño en el mundo. Si todos los hombres estuvieran enamorados, la humanidad sería un paraíso.

La voz poética se dirige a un colectivo indefinido e inconcreto mediante la segunda persona del plural (podéis destrozar…). Está hablando a todos los hombres en general, a nadie en particular. Por mucha maldad que haya, al final, el amor acaba triunfando en esta guerra de valores. El espiritualismo gana al materialismo. El tono desafiante y rebelde del yo ayuda a decantar la balanza hacia el lado de la fraternidad. El mal no supone un obstáculo al triunfo el bien, siempre y cuando exista amor (aunque destrocéis el mundo, este se rapara con amor)

Se produce un contraste entre la simplicidad del proceso (de un soplo, como si nada) y la complejidad del resultado (todo aquello que veis). Con amor, la buenaventura surge sola, fluye por sí misma, casi sin esfuerzo. Con una buena predisposición por parte del hombre a amar, el resto de obras mundanas se crean de forma espontánea, sin forzarlas. Algo tan difícil (configurar una totalidad armónica) se puede hacer de manera fácil (amando)

La perífrasis volver a + infinitivo expresa reiteración (lo vuelve a crear). El mundo se está construyendo y destruyendo continuamente. Hay fuerzas malignas que intentan destrozarlo, pero luego la fuerza benigna del amor es la que triunfa y repara el daño causado.

La presencia de la amada hace que el tiempo se detenga, tal como se refleja en la siguiente imagen: ella borra las horas de cada reloj. Cuando estás con la persona que quieres, nos olvidamos del pasar del calendario. Estando feliz, te da igual que sea viernes o sábado, o sean las dos o las tres. No hay tiempo.

El amor ayuda a neutralizar los desdenes, penas y disgustos del día a día: me enseña a pintar transparente el dolor. Esta metáfora sinestesiada representa el poder de la pasión. En la vida nos van a pasar cosas malas, pero gracias al amor, podemos convivir con ellas. La vida merece la pena con personas buenas a las que dar nuestro cariño. La transparencia representa la atenuación del mal. El mal no desaparece, pero si se hace más pequeño y se siente menos cuando estamos con la persona idónea.

La existencia de esa persona y su percepción sensorial supone un aliciente para el yo poético: CON SU SONRISA, me enseña a pintar transparente el dolor. Los estímulos positivos (ver a esa persona disfrutar, reír, decirnos cosas bonitas…) nos dar energía para seguir adelante.

Ante tanto cariño, la voz lírica vive un proceso de ascensión celestial, que nos recuerda a la mística: y levanta una torre desde el cielo hasta aquí y me cose unas alas y me ayuda a subir a toda prisa.

La dama es vista como una diosa, se inserta en un contexto de superioridad. La torre y el cielo son elementos elevados, poderosos, celestiales, sagrados. Al contrario que en la lírica cortés de corte cancioneril, aquí la amada no se limita a posar en una posición sublime, sino que invita al amado a elevarse a su mismo nivel, tal como se refleja en los pronombres reflexivos de primera persona (me cose alas, me ayuda a subir…). Se trata de una chica viva, humana, activa. Las amadas del amor cortés son figuras inertes. Muy bellas y guapas pero no hacen nada. En este tema la novia es partícipe del proceso místico.

Las expresiones coloquiales dan naturalidad a la unión sentimental y la aceleran: a toda prisa, la quiero a morir.

El amor supone una compenetración y sincronización perfecta con la otra persona. Ambos se entienden perfectamente y saben las fortalezas y debilidades del otro. El afecto emocional implica empatía y comprensión con tu otro yo. Esto se refleja en las enumeraciones: conoce bien cada guerra, cada herida, cada sed/ Conoce bien cada guerra de la vida y del amor.

La guerra, la herida y la sed representan los elementos perturbadores y dañinos que cada uno carga en su mochila de forma natural. Son metáforas con un hondo componente existencial. Cuando hay amor, lo único que buscas es que la otra persona disfrute, goce, sea feliz, y se olvide de todas esas vicisitudes y penas. No quieres darle tormento, sino alegrías.

Al inicio de la segunda estrofa se crea un mundo idílico y placentero, a gusto de los amados: me dibuja un paisaje y lo hace vivir en un bosque de lápiz se apodera de mí. El verbo dibujar implica artificio, acción manual. Amar supone hacer todo lo que esté en tus manos para que el amado rompa con todas aquellas cosas que le son dañinas, y se quede con las buenas. En cierta medida, es un paraíso artificial creado desde el sentimiento natural.

Cuando estás con la persona que quieres, la felicidad es una realidad inevitable, inminente y necesaria. Forma parte del pack. De ahí el matiz de obligatoriedad (me lo hace vivir, se apodera de mí). Estar al lado de quien quieres te mete de lleno en el contexto de la plenitud y satisfacción vital. No puedes hacer nada por evitarlos. Sí o sí vas a estar feliz.

La sinestesia (bosque de lápiz) implica artificiosidad desde la óptica de la espontaneidad. El bosque es un elemento natural, puro. Forma parte inherentemente del mundo. Es obra divina. Al amor le pasa exactamente lo mismo: es un sentimiento que sale de las entrañas. Es inexplicable y se siente de una manera nítida y diáfana.

El lápiz es un elemento artificial, creado a posteriori por obra del hombre. Nace para satisfacer una necesidad. En cierta medida, el amor tiene también un componente funcionalista: surge para no sentirnos solos, para estar acompañados, para compartir nuestros bagajes, inquietudes, fortunas y adversidades. Sin amor la vida no se disfrutaría igual. Es una necesidad creada por el hombre. Y hay que satisfacerla. De ahí la mezcla de conceptos naturales y artificiales.

Las metáforas representan de manera virulenta esa necesidad de unirse a otro, de implicarse, de vincularse, de fusionarse místicamente: me atrapa en un lazo que no aprieta jamás, como un hilo de seda que no puedo soltar.

Los elementos textiles implican unión. Pensad cuando cosemos un vestido. Hilvanamos los hilos, que se suelden las costuras, que las puntadas sean sólidas…Los amantes se fusionan de forma rotunda, pero a la vez delicada, placentera, gozosa (que no aprieta jamás). Hay unión pero en ningún momento supone una atadura, una molestia o una falta de libertad.

De hecho, en la comparación observamos la presencia de materiales con una textura suave: como un hilo de seda que no puedo soltar.

Estar con la persona que quieres es tan placentero, tan extásico, tan agradable que se crea una relación casi de dependencia: no puedo soltar, no quiero soltar. Estas dos perífrasis volitivas están en un contexto de negación. ¿Qué significa esto? La acción escapa del control del yo poético, no depende de su voluntad. Está tan enamorado, tan pillado y tan absorbido con esta chica que ha quedado atrapado en una especie de cárcel de amor (tópico de la poesía de cancionero). No puede hacer nada por desenamorarse. El mundo exterior ha desaparecido. Ha caído en las redes de esta chica y no puede dejar de quererla. Es como una adicción. Por eso, la crítica habla de un amor obsesivo. La necesidad de no estar solos a veces nos hace aferrarnos a las personas. El miedo a no tener a nadie a quien querer nos provoca miedos/inseguridades y nos lleva a concebir a esta persona como el centro de nuestras vidas. Y sin ella, todo dejaría de tener sentido.

Analizando la letra, nos damos cuenta de que en el amor confluyen muchas sensaciones, buenas, malas y regulares: placer, bienestar, miedo, dependencia…Los matices son muchos

La vida se convierte en una lucha por mantener ese amor, tal como se expresa en esta imagen de corte épico-romántico: cuando trepo a sus ojos me enfrento al mar. La amada impone al protagonista, ya que al considerarla un elemento importante en su vida, el chico debe mimar cada paso. El miedo a perder el amor te hace estar en una situación de peligro y riesgo constante. Por eso el chaval se empequeñece y adopta una pose sumisa (trepo a sus ojos) en un contexto de grandeza (mar).

Los ojos de la chica son descritos con metáforas relacionadas con conceptos brillantes y cristalinos: dos ESPEJOS de AGUA encerrada en CRISTAL. Son elementos frágiles. El amado debe cuidar que no se rompan. Tiene que cuidar a la amada, velar por su felicidad, protegerla, acompañarla. En definitiva, quererla.

¿Cuál es el resultado? El triunfo del verdadero amor, tal como se expresa en los paralelismos al final de la segunda estrofa: solo puedo sentarme/solo puedo charlas/solo puedo enredarme/ solo puedo aceptar ser solo suyo.

Cuando tratas con cariño y amor a alguien, la correspondencia es inevitable. Las dos personas están destinadas la una a la otra. El proceso fluye por sí mismo tal como se enfatiza con el adverbio (solo). No hay que hacer nada. Teniendo el sentimiento y la disposición adecuada (QUERER en mayúsculas) es suficiente y necesario. De hecho, los verbos expresan pasividad o acción muy escasa de energía (sentarme, charlar…). En el amor pesa más lo espiritual (la voluntad de querer, tener interiorizado el cariño) que lo material (la acción, el regalo, el cortejo, la retórica…)

El último verso representa la fusión mística total entre las dos almas, que forma parte de la tercera vía, o vía unitiva: solo puede aceptar ser sólo suyo. El amor es incondicional. Él se ha integrado en la esfera de ella. Ambos son un ente. Eso sí, los ramalazos al amor cortés tradicional son evidentes (él se integra en ella, y no ella se integra en él). Ella sigue siendo superior, aunque ella le ayude a subir.

Hay que reconocer que en esta canción la pasión se expresa con tal desboque, que da mucho miedo. El amado llega a cosificarse y a convertirse en una posesión de la dama (ser solo suyo). Ese adverbio expresa matices de dependencia. El amor está anulando todo lo que había anteriormente. Te ha alterado tu vida completamente. Da la sensación de que no hay mundo más allá de esa persona. Eso y las metáforas textiles crean un discurso demasiado salvaje y visceral que nos lleva a un amor con ciertos rasgos tóxicos (dependencia emocional, obsesión, posesión…). Es el romanticismo propio de la primera mitad del XIX.

Métricamente predominan los versos de arte mayor, aunque cada estrofa cierra con uno de arte menor que da un tono cortante a cada escena (la quiero a morir, con su sonrisa, a toda prisa). Por mucha explicación que dé el yo poético, el resultado final es el que es: él ama a ella a rabiar.

La aparición de algún pareado asonante (reloj/dolor, aquí/subir) da musicalidad a un poema en el que predomina la ausencia de rimas.



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