jueves, 13 de mayo de 2021

Trece de mayo: una fecha como punto de partida a una declaración de amor

En el mundo de la canción española hay una fecha del calendario que es especialmente significativa, ya que da título a uno de los temas más conocidos del género. Está claro que un día como hoy, y estando en un blog coplero como este, nos viene como anillo al dedo analizar Trece de Mayo, canción que ha tenido muchísimas versiones a lo largo de su historia, algunas más antiguas (Concha Piquer y Marifé) y otras más cercanas en el tiempo (Isabel Pantoja y Diana Navarro).

La copla tiene su origen en un poema escrito por Rafael de León (autor de la Generación del 27, que normalmente no se cita en los libros de texto o manuales didácticos, pero llegó a codearse con personajes tan importantes de la talla de Federico García Lorca).

El título original de este poema es Así te quiero. Rafael de León se lo dedicó a Concha Piquer, y en lugar de aparecer “Trece de mayo”, la letra decía “Trece de julio”. En el año 1964 el maestro Solano le puso música (melodía), haciendo algunos ajustes en la letra (cambiando “trece de julio” por “trece de mayo”). De esta manera, la composición se convirtió en una preciosa zambra, que alcanzó gran popularidad.



Ay trece, trece de Mayo

Cuando me encontré contigo

Ay, tus ojos de manzana

Y tus labios de cuchillo

Y las nueve, nueve letras

De tu nombre sobre el mio

Que borraron diferencias

De linaje y apellio.

 

Bendita sea la mare

La mare que te ha pario

Que solita se quedo

Para darme a mi un jacinto

Que alegraba sus jardines

Dios de gloria para el mío.

 

Quieres que vaya descalza

Yo me iré por los aminos.

Quieres que me abra las venas

Para ver si doy contigo.

Haré lo que se te antoje

Lo que mande tu capricho

Que es mi corazón cometa

Y en tu mano esta el ovillo

Que es mi sinrazón campanas

Y tu voluntad sonio.

Ay trece, trece de Mayo

Cuando me encontré contigo.

 

Por tu querer vida mía

Voy borracha de cariño

Yo te quiero con el alba

Y de noche junto al trigo.

 

Al atardecer te quiero

Cuando se callan los niños,

Madrugada, tarde y noche

Por los siglos de los siglos.

 

Ay trece, trece de Mayo

Clarín de amor y olvio

Por la sangre me corrió

Un toro de escalofrío

Que dejo mi alma clavada

En la plaza del suspiro.

 

Quieres que vaya descalza

Yo me iré por los caminos.

Quieres que me abra la venas

Para ver si doy contigo

Haré lo que se te antoje

Lo que mande ti capricho

Que es mi corazón cometa

Y en tu mano esta el ovillo

Que es mi sinrazón campanas

Y tu voluntad sonio

Ay trece, trece de Mayo

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Vamos a resumir brevemente las claves de esta copla, para orientar correctamente el análisis:

1. En primer lugar, se trata de un poema de carácter amoroso, en el que el yo poético manifiesta una serie de sentimientos de afecto hacia un tú (segunda persona).  

Se trata de una concepción amatoria muy desgarrada, muy visceral, que nos recordará al Dime que me quieres que analizamos hace unos meses. Estar enamorado conlleva el hecho de anularte, de dejar de ser tú mismo, de eliminar toda tu esencia para complacer a la otredad, e incluso, alcanzar al dolor y al sufrimiento físico, con el objetivo de buscar la correspondencia de la otra parte.

2. En segundo lugar, el poder de la abstracción es importante en este tema. El foco del poema no radica tanto en la persona a la que van dirigidos esos afectos, sino en el contenido y la forma de los mismos.

El objetivo es que el receptor se olvide de quién (qué persona) se encuentra detrás de ese tú (entidad física).

Lo importante no es representar una realidad concreta, conocida y precisa (la relación entre dos personas que tienen nombre y apellidos), sino una realidad abstracta que es universal (amor), en la que da igual el quién y lo importante es el cómo (la expresión y conceptualización de un sentimiento afectivo auténtico y puro, dejando de lado a la persona). El protagonista de la copla es el amor, no los amantes.

De ahí que la voz lírica en los primeros versos se dirija a un elemento conceptual (idea), no personal, no animado: ay trece de mayor cuándo me encontré contigo. Conocer a la persona que va a ser el amor de tu vida es tan bonito que ese concepto (en este caso, la fecha del almanaque) cobra una trascendencia enorme en tu vida. Ese día es mágico, único, especial, no se va a olvidar.

3. En tercer lugar, el poema destaca por su lenguaje vanguardista. Ya sabéis que la vanguardia rompe con los principios de la verosimilitud, la razón y la realidad. Por eso, en esta canción os vais a encontrar con elementos que resultan ilógicos, herméticos, imposibles de interpretar y de dotarles de una correspondencia en el mundo real. Os preguntaréis: ¿Qué querrá decir el poeta con esto de labios de manzana y ojos de cuchillo?

Estas estampas están cargadas de sugestión (no dicen pero sí nombran y sugieren muchísimo, simbolizan estados, crean un culto a la imagen) que dotan de fuerza y poeticidad a la copla.

La asociación de ideas está al servicio de la creación de un mundo autónomo, puramente estético. Los elementos vanguardistas, usados en su justa medida (combinándolos con otras piezas que sí tengan sentido y lógica) dan lugar a textos muy buenos y expresivos.

El problema está cuando el uso se convierte en abuso. Aquí hay una abstracción, pero con un hilo de coherencia y sentido.

En la primera estrofa, el yo poético se dirige a la fecha del calendario, mediante interjecciones y vocativos, en un tono que roza lo exclamativo y lo jubiloso: Ay, Trece de mayo, cuando me encontré contigo. El yo celebra este día, ya que ha marcado un punto importante en su vida (conocer a su amado)

Las invocaciones se combinan con pinceladas prosopográficas, en las que la mujer describe físicamente al amado mediante metáforas e imágenes muy sensuales, que acarician lo surrealista: tus ojos de manzana y tus labios de cuchillo

Como veis, se trata de una descripción de carácter fragmentario, que se realiza a través de brochazos y pinceladas sugestivas, donde es más importante el trazo parcial (centrarse en dos o tres elementos representativos o llamativos y que generen sensaciones y flujo lírico en el yo) que el trazo total (la visión de conjunto del amado como ser animado).

En una descripción de este tipo predomina lo impresionista (lo que sugiere y connota el objeto, de una manera íntima y personal) sobre lo sensitivo (lo que vemos a simple vista desde la perspectiva objetiva y real: lo denotativo).

Lo importante en esta copla no es la acción, sino las sensaciones, las impresiones líricas que se generan a partir de las estampas. En ellas se funde la descripción con la reflexión subjetiva, hasta configurar un todo. Esto nos recuerda al estilo de Gabriel Miró, autor novecentista, en cuyas obras (Nuestro padre san Daniel, Las cerezas del cementerio) se creaban escenas impresionistas.

La recreación en el lenguaje vanguardista e impresionista se consigue gracias a recursos que retardan el flujo lingüístico como el polisíndeton (Y tus labios de cuchillo y las nueve letras) o la geminación (Y las nueve, nueve letras).

Esta última da lugar a esquemas sintácticos muy enrevesados en los que un numeral sustantivado (las nueve) posee como aposición el adjetivo numeral junto a un sustantivo que ya estaba elíptico antes de la aposición (nueve letras) configurando una estructura circular que parece el cuento de nunca acabar.

El posesivo marca las relaciones entre la primera y la segunda persona, a pesar de la conceptualización de las imágenes: De tu nombre sobre el mío. De nuevo, lo inanimado (las grafías de los nombres) se impone sobre lo personal

En la descripción del amado se entremezcla la realidad con la irrealidad, las cuales configuran una entidad híbrida (a la vez humana y a la vez no humana), casi onírica, donde el hilo con la lógica se rompe y confunde al espectador en diversos tramos de la canción.

Como veis, se habla de los labios y de los ojos (elementos que son propios de una persona humana) pero también de las letras del nombre (elementos que están en la esfera de lo no humano). Esto permite abstraer e indefinir al amado (lo importante es el sentimiento amoroso y no tanto la concreción material del hombre).

Es la mejor manera de que el AMOR (en mayúsculas) sea el protagonista. Este rompe todas las barreras posibles. Cuando una persona quiere a otra da igual las diferencias entre ellos (de cualquier tipo: sociales, económicas, morales…): Y las nueve letras […] que borraron diferencias de linaje y apellido

La segunda estrofa posee un carácter alegórico. Una alegoría es un conjunto de metáforas, una a continuación de otra, relacionadas entre sí

Esta alegoría explica un hecho circunscrito a la esfera de lo real. El yo identifica a su amado con una flor (jacinto), la cual está dentro de un jardín, que pertenece a la madre. Ahora que hay una relación amorosa, el amado deja de pertenecer al jardín de su madre, para pertenecer al jardín de la amada.

De esta estrofa se pueden sacar varias lecturas:

A pesar del proceso de abstracción y espiritualización (para que el sentimiento cobre importancia por encima de las circunstancias personales), el amor se sigue concibiendo de una manera clasicista y materialista: el amado es una posesión, una mercancía, un objeto en propiedad, que se transfiere de un jardín a otro.

Por tanto, hay una mezcla de espiritualidad en las formas, pero materialismo en el fondo. Mediante un verbo de transferencia se representa (metafóricamente) cómo el amado pasa de ser propiedad de la madre a ser propiedad de la amada: Bendita sea la madre que solita se quedó para darme a mí el jacinto

Se da trascendencia (y homenaje) a la figura de la madre. Para la madre, un hijo es una posesión, una pertenencia (como veis, hay visión materialista del amor, y de las relaciones personales en general).

La metáfora del jardín (madre) y de la flor (hijo) refleja este sentimiento de vinculación natural a la familia, que al fin y al cabo son los orígenes de una persona: todo ser humano proviene de unos padres con los que vive durante sus primeros años

Con el paso del tiempo, y por ley de vida, la persona tiene que “despegarse” de esos orígenes para formar su propia familia de tal forma que a la madre no le queda más remedio que tener que desprenderse de esa flor para dejarla volar. Ahora la flor pasa a un nuevo jardín (que es el jardín de la esposa, de la amada, de la persona que quieres).

Para la progenitora, ver cómo un hijo abandona la casa no es agradable, ya que la madre ha estado ligada a su hijo durante muchos años, y contempla cómo se ha hecho mayor y no lo va a tener en el hogar toda su vida

El yo poético, en cierta medida, se compadece de la figura de la madre mediante la anadiplosis: Bendita sea la madre/la madre que te parió, Bendita sea la madre que solita se quedó

El diminutivo (solita) y el adelantamiento del predicativo al verbo principal mediante el hipérbaton (Solita se quedó), intensifica el sentimiento de afecto.

La personificación de la flor (para darme a mí el jacinto que alegraba sus jardines) enfatiza la visión renacentista del amor como energía vital, como plenitud, como elemento purificador del espíritu, sin el cual no se puede vivir. Igual que Garcilaso o Petrarca.

La flor simboliza la vitalidad, aquello que da sentido a nuestra existencia, es decir, el amor hacia las personas que son importantes para nosotros: la trascendencia que tiene un esposo para una esposa, un hijo para una madre…Al fin y al cabo, el amor (de cualquier tipo) es un sentimiento regenerador, una energía necesaria, esencial e imprescindible para existir. Es el motivo principal para levantarnos cada día.

En la tercera estrofa el sentimiento adquiere un matiz desgarrador. Se trata de una visión tradicionalista del amor (propia del código cortés), en la que la protagonista adopta una postura de sumisión: renuncia a sus realizaciones personales, a su propia forma de ser (su identidad, su estilo de vida) con el objetivo de complacer a la persona que quiere. 

Ella se subordina al amado, como si él fuera el centro del mundo y de la existencia y no hubiera nada más. Esto se refleja con estructuras en paralelismo, las cuales contienen imágenes viscerales, truculentas que recuerdan a una relación esclava-amo, y en ocasiones, rozan la hipérbole: Quieres que vaya descalza, yo me iré por los caminos/ Quieres que me abra las venas Para ver si doy contigo.

Es el tópico del amor ciego, ya que cuando una persona está enamorada parece que se olvida de todo lo que pasa alrededor y lo importante es el amado.

Esta copla comparte algunas de las metáforas e imágenes que aparecían en el Dime que me quieres de Concha de Piquer:

-Por un lado, la alusión a la mujer descalza.

-Por otro lado la actitud autohomicida de la protagonista: el yo poético dice que sería capaz de cortarse las venas si el amado se lo pidiera

La mujer es capaz de despojarse de todo lo accesorio (zapatos), como una manera de demostrarse tal y como es, en su forma más natural y primitiva, sin vestimentas que maquillen o camuflen. Al fin y al cabo, el “buen amor” ha de ser natural, desnudo, puro, sencillo: a las personas se las quiere tal por como son (esencia) y no tanto por lo que tienen (posesiones, apariencias). Por tanto, esta imagen es una demostración de amor puro.

Sin embargo, la falta de zapatos también puede simbolizar la pobreza. Esta suele ser un motivo de humillación, de deshonra, de deshonor: a la gente no le gusta ir irradiando por ahí que es pobre, ya que es un motivo de vergüenza social, como le pasaba al escudero del Lazarillo de Tormes, el cual siempre iba bien vestido, aunque se muriera de hambre, para que la gente creyera que vivía como un rico

A la protagonista de la copla no le importa humillarse, atentar contra su propio honor, con tal de complacer al hombre al que tanto quiere.

El poliptoton (el verbo ir aparece en presente de subjuntivo “vaya” y en futuro “iré”) marca el contraste entre los dos miembros de la relación: uno como dominante (que es el que pide, toma la iniciativa y domina) y otro como dominado (que se limita a hacer lo que él dice, ya que por sí sola no hace nada).

Con respecto al tema de “abrirse las venas”, es una manera salvaje y visceral de decir que eres capaz de dar tu propia vida por la persona que quieres. Un concepto abstracto y filosófico (como es el de vida y existencia) se convierte en un objeto, en una mercancía, en un elemento con el que se comercia (a cambio de amor yo te doy mi vida).

La chica se convierte en una mártir, en una sufridora, ya que para demostrar que está enamorada es capaz de llegar al dolor físico, a la autolesión.

Como consecuencia, la protagonista aparece retratada en el texto como alguien sumisa, anulada, muñequizada, débil, incapaz de desarrollar una identidad. Ella carece de capacidad de decisión, de deseo, de voluntad, ya que necesita tener la aprobación de la otra parte para sentirse realizada (relación de dependencia) y dotar de sentido a su vida

Ella sin él no es nadie. Lo que diga él (Dios), ella (creyente) lo sigue como si fuera palabra divina. Por eso, ella sería capaz de hacer lo imposible por mantener esa alianza, esa vinculación natural con el amante, aunque sea a costa de anular su propia esencia y verse dominada por él, tal como se refleja en el paralelismo: Haré lo que se te antoje, lo que mande tu capricho

Esa relación de subordinación se representa mediante la metáfora de la cometa y el ovillo: él (ovillo) es el encargado de conducir la cometa (de llevar las riendas de la relación) y ella (cometa) simplemente se deja llevar por lo que haga él: Que es mi corazón cometa y en tu mano está el ovillo.

Los posesivos (mi corazón/ tu mano) refuerzan la dualidad, marcan la función de cada elemento dentro de esa relación amorosa (cada uno tiene un papel o rol que cumplir para que todo funcione con eficacia). 

Cuando cada elemento de la relación cumple correctamente la función que tiene asignada, se produce la compenetración, la transformación de la dualidad en unidad. Esto está influido por la mística. Aunque los dos componentes de la pareja no son iguales (ya hemos visto que él tiene un papel de mayor trascendencia que ella), en la práctica se percibe como un todo unitario: los dos se necesitan para funcionar, y por tanto, alcanzar la plenitud

Esta inseparabilidad se refleja mediante la metáfora: Que es mi sinrazón campanas y tu voluntad sonido.

La campana no sirve para nada si no se produce un sonido y el sonido no se produciría si no se tocara la campana. Los dos miembros se necesitan mutuamente para funcionar, aunque cada uno cumpla un papel diferente.

Como veis, se da una concepción estructuralista y sistemática del amor ya que para funcionar como un todo hace falta que cada una de las partes cumpla individualmente su papel. Todo esto se refleja en el paralelismo: Que es mi corazón cometa y en tu mano está el ovillo/ Que es mi sinrazón campanas y tu voluntad sonido

En las tres estrofas siguientes, la copla se convierte en una declaración explícita de amor. Algunas de las metáforas poseen un carácter hiperbolizado (voy borracha de cariño).

Una imagen que es muy del gusto epicureísta (poesía festiva) se utiliza en un contexto dramático y trascendental. Igual que una persona borracha mantiene una relación de dependencia con el alcohol (necesita beber para sentirse bien) la protagonista siente una necesidad de amar y ser amada. Una expresión aparentemente poco romántica (incluso coloquial, como es el verbo emborracharse) se aplica a una situación solemne y seria.

La mujer se dirige al amado mediante vocativos (Por tu querer, vida mía). El posesivo refuerza esa relación de pertenencia, de propiedad.

Un recurso bastante efectista en la poesía amorosa consiste en relacionar a la persona que quieres con elementos que destacan por su belleza o por pertenecer al mundo de la naturaleza agreste. Yo te quiero con el alba y de noche junto al trigo.

Es una manera de vincular el proceso amoroso con lo natural, lo intuitivo, lo espontáneo (aquello que surge sin buscarse, sin provocarse artificialmente, sin planificarse). Lo importante es dejar que la Naturaleza siga su curso, sin producir alteraciones en ella, para que el amor vaya germinando de una manera auténtica y realista.

Los amores que se buscan o se provocan artificialmente no suelen salir bien, ya que se fuerzan las cosas hasta alcanzar estados que no son naturales para los amantes (y cuando una persona hace un papel en lugar de ser ella misma, el desenlace no es el esperado).

De ahí que el yo poético vincule al amante con un elemento natural como es el trigo. Además, las cosas naturales presentan un mejor aspecto físico (olor, color, textura) que las artificiales.

La antítesis alba-noche extiende el sentimiento amoroso en el tiempo hasta dotarlo de eternidad (el verdadero amor nunca se acaba). De ahí que el yo poético haga referencia a diferentes espacios temporales, en los cuales el amor siempre estará presente: Al atardecer te quiero cuando se callan los niños. Madrugada, tarde y noche, por los siglos de los siglos

Como veis, el discurso acaricia la hipérbole sacrílega (por los siglos de los siglos), lo cual recuerda a las plegarias y oraciones religiosas. Al fin y al cabo, la protagonista ve al amado como un Dios. Y el amor a Dios es eterno.

La intensidad y la pasionalidad del sentimiento amoroso se expresa con imágenes que rompen el principio de la lógica, pero dotan de fuerza al texto y lo acercan a la poesía surrealista: Por la sangre me corrió un toro de escalofrío, que dejó mi alma clavada en la plaza del suspiro.

El toro aparece personificado en el poema y representa la fuerza arrolladora, la magnitud amorosa del yo poético hacia el tú, la potencia, la pasión, el entusiasmo, el vigor, la grandilocuencia del sentimiento.

Cuando una persona está enamorada de verdad es incapaz de articular palabras, de buscar el adjetivo apropiado (de ahí que solo haya suspiros). El lenguaje corporal te delata. Las reacciones naturales son las más significativas. Eso explica lo de la plaza del suspiro.  

Yo siempre lo digo: si te preguntan qué sientes al estar enamorado y eres capaz de explicarlo, es que verdaderamente no estás enamorado. El hecho vale más que la palabra. De ahí que mediante el hipérbaton se dé más importancia a la acción que al sujeto de la acción, el cual se pospone: Por la sangre me corrió un toro de escalofrío

Métricamente, los versos son octosílabos. La primera estrofa es una octavilla con rima en los pares.

La segunda estrofa es una sextilla. El segundo verso rima con el tercero. El cuarto con el sexto. El primero y el quinto quedan libres

El estribillo posee 12 versos, con rima en asonante en los pares. Esto evoca al romance.

La segunda parte del poema está formado por dos coplas (cuatro versos de arte menor en los que rima segundo con cuarto, mientras que primero y tercero quedan libres) y una sextilla (con el esquema –aaa–a)

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