viernes, 11 de septiembre de 2020

Jueves (La Oreja de Van Gogh): una historia de amor enmarcada en los atentados del 11M de Atocha

La canción que os traigo hoy se concibió como un homenaje a los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid. Fue compuesta en el año 2008 para Leire Martínez, la vocalista de la Oreja de Van Gogh. Fue uno de los primeros éxitos de la etapa post Amaia Montero. Como ya habéis podido deducir, el análisis de hoy va a estar dedicado a Jueves.


Si fuera más guapa y un poco más lista
Si fuera especial, si fuera de revista
Tendría el valor de cruzar el vagón
Y preguntarte quién eres

Te sientas en frente y ni te imaginas
Que llevo por ti mi falda más bonita
Y al verte lanzar un bostezo al cristal
Se inundan mis pupilas

De pronto me miras, te miro y suspiras
Yo cierro los ojos, tú apartas la vista
Apenas respiro, me hago pequeñita
Y me pongo a temblar

Y así pasan los días, de lunes a viernes
Como las golondrinas del poema de Bécquer
De estación a estación, enfrente tú y yo
Va y viene el silencio

De pronto me miras, te miro y suspiras
Yo cierro los ojos, tú apartas la vista
Apenas respiro, me hago pequeñita
Y me pongo a temblar

Y entonces ocurre, despiertan mis labios
Pronuncian tu nombre tartamudeando
Supongo que piensas qué chica más tonta
Y me quiero morir

Pero el tiempo se para y te acercas diciendo
Yo no te conozco y ya te echaba de menos
Cada mañana rechazo el directo
Y elijo este tren

Y ya estamos llegando, mi vida ha cambiado
Un día especial este once de marzo
Me tomas la mano, llegamos a un túnel
Que apaga la luz

Te encuentro la cara, gracias a mis manos
Me vuelvo valiente y te beso en los labios
Dices que me quieres y yo te regalo
El último soplo de mi corazón

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El poema cuenta la historia de una joven que todos los días coge el tren para ir a trabajar. Un buen día, dentro de su vagón, coincide con un chico del cual se acaba enamorando. Sin embargo, por miedo/vergüenza/falta de autoestima/pudor nunca le dice nada. Pasan los días sin dar el paso. No obstante, el lenguaje corporal les delata (cruce de miradas, suspiros, expresiones faciales, nervios…). Se nota que hay química y chispa entre ellos, aunque no se digan nada.

Ella podría coger un tren directo que le llevara hasta su trabajo. Sin embargo, prefiere dar más vuelta y tardar más, solo para poder coincidir con el joven en el tren. Por fin, un día, se atreve a hablar con él y a declararse. Es aquí en este punto cuando el 11M entra en juego. Resulta que el día que hablan por primera vez es el 11 de marzo de 2004, el día que explotan las bombas en los trenes de Atocha. Y ellos van a bordo de uno de los trenes de la muerte. El destino quiere que ese día, justo después de haber materializado uno de sus deseos (declararse al chico), se produzca la tragedia, y los jóvenes mueran.

La protagonista de la canción es una joven muy insegura, con la autoestima por los suelos, con tendencia a infravalorarse, con poca confianza en sí misma. Esto se manifiesta mediante las subordinadas condicionales que forman paralelismos: “Si fuera más guapa, y un poco más lista/si fuera especial, si fuera de revista): nexo (si) + verbo (fuera) + atributo cuantificado (más guapa/un poco más lista). Como veis, ella cree que su físico y su psicología no tienen el encanto y carisma suficiente para encandilar al chico. Eso le crea muchísima inseguridad y timidez, y por eso, no tiene la energía suficiente para hablar con él: “Si fuera […] tendría el valor de cruzar el vagón y preguntarte quién eres”. Es una joven muy apocada y cohibida. Muy poco decidida.

Como la chica no tiene el valor suficiente para hablar con chico, se conforma con la contemplación: disfrutar del amor mediante la vista, la observación, ver a la persona que quieres en un entorno cotidiano. En esta parte de la canción la satisfacción amorosa es visual. Cualquier gesto, movimiento o cosa que haga el muchacho, por muy antisensual que sea, será fuente de enamoramiento y placer para la chica. “Y al verte lanzar un bostezo al cristal se inundan mis pupilas”. La chica consigue ver belleza y amor en un simple bostezo matinal jajaja. Es lo que tiene el amor. Cualquier cosa que haga la persona que quieres te cautiva, te llena. La metáfora de la inundación del ojo enfatiza la atención visual que pone ella en él. Ella no le puede quitar la atención y todo lo que él hace no le deja indiferente.

Poder ver al chico todas las mañanas crea una atmósfera de ilusión y motivación para vivir: “Te sientas enfrente y ni te imaginas que llevo por ti mi falda más bonita”. Esto supone una pequeña inyección de autoestima: se arregla, se pone guapa, se cuida. Lo que pasa es que se trata de un sentimiento silencioso y las pruebas o contraseñas de amor son difícilmente perceptibles por el chico (ponerse una falda no es comunicativo, resulta irrelevante para la otra parte). La timidez de la chica es un obstáculo. De todas formas, hemos pasado del contexto del inmutismo (no decir nada) al símbolo (ponerse la falda). Algo es algo. La relación evoluciona aunque sea a pasito de pulga jajaja

En la siguiente estrofa pasamos del plano del símbolo al plano de la comunicación corporal. Podemos ver que entre los dos miembros de la pareja surge una comunicación cinésica no verbal (gestos, movimientos, expresiones faciales, elementos paralingüísticos): “De pronto me miras, te miro y suspiras/ yo cierro los ojos, tú apartas la vista/apenas respiro…). En estos dos versos se crea un flujo amoroso en el plano de lo no verbal. Ella se ha fijado en él, y él en ella. Los sentimientos son recíprocos. La forma de mirarse y las reacciones del cuerpo (los suspiros, las respiraciones…) son un indicio de que no hay indiferencia. Entre las dos partes hay emociones. El poliptoton (miro/miras) y el paralelismo (yo cierro los ojos/tú apartas la vista: sujeto + verbo+ complemento directo) enfatiza la correspondencia mutua.

No obstante, a pesar del pasito que ha dado, la protagonista no tiene la suficiente seguridad y confianza en sí misma como para creer en la afectividad del juego corporal. Y esto le provoca no sentirse cómoda ni bien consigo mismo. Le da mucha vergüenza haber entrado en ese juego no verbal. Cree que ha hecho el ridículo jugando a los gestitos y las miraditas con un desconocido: “Me hago pequeñita y me pongo a temblar”. La protagonista se infravalora. Ella cree que no tiene la categoría suficiente para conquistar al chico. La metáfora de la pequeñez es una manera de realzar la baja autoestima. Ella es pequeña en un mundo grande. Ella no se come el mundo. El mundo se la come a ella. Y por otro lado, también le da miedo por lo que puede pensar el chaval, en plan…¿Y la tía esta tonta que no para de mirarme? Jajajjaa Ya en serio: para una persona con la autoestima por los suelos vivir una escena así tiene que ser un calvario.

La relación se queda estancada en el nivel del lenguaje no verbal. A partir de este punto, la protagonista opta por no hacer nada y dejar que el tiempo pase. “Y así pasan los días, de lunes a viernes”. El paso del tiempo se manifiesta muy bien con la intertextualidad haciendo referencia a uno de los versos más emblemáticos de Gustavo Adolfo Bécquer: “Como las golondrinas del poema de Bécquer”. Es un clásico del posromanticismo intimista: Volverán las oscuras golondrinas a tu balcón sus nidos a colgar y otra vez con el ala en tus cristales jugando llamarán. A este verso se refiere la canción.

Las locuciones (de estación a estación, de lunes a viernes) sirven para crear una monotonía, una rutina que es exactamente igual todos los días: los dos compartiendo espacio muy cerca uno de otro (“enfrente tú y yo”), pero sin hacer ni decir nada. “Va y viene el silencio”. La personificación de la quietud es una forma de materializar esa inseguridad de la chica, que prefiere no hacer nada a dar el paso.

A pesar de lo estancada que resulta la relación, hacia mitad del tema asistimos al giro de los acontecimientos. Y por fin, la chica se atreve a dar el paso después de tantas vacilaciones y dudas. El adverbio de tiempo marca el punto de inflexión (y entonces ocurre). Llegamos al momento mítico: se pasa del lenguaje no verbal al verbal. Esto se manifiesta mediante la personificación de la boca, que es el órgano de donde salen los sonidos (“mis labios despiertan, pronuncian tu nombre”). Para la protagonista esto que acaba de hacer no es fácil. Una persona tan insegura, a la que le cuesta expresar sus sentimientos, poder dirigirse a este chico es algo insólito.

De hecho, se notan los nerviosos e inseguridades: “pronuncian tu nombre tartamudeando”. Ella cree que de nuevo ha vuelto a hacer el ridículo como cuando usaba el lenguaje no verbal: “Supongo que piensas qué chica más tonta y me quiero morir”. La muerte funciona en sentido metafórico: querer desaparecer del foco de alguien por la vergüenza que está pasando.

No obstante, la conjunción adversativa (“Pero…”) marca un giro sorpresivo de las expectativas de la protagonista. ¿Qué es lo que ella esperaba de este acercamiento verbal? Pues viendo su inseguridad, ella esperaba rechazo y burla (se va a reír de mí, piensa que soy tonta, voy a hacer el ridículo…). En cambio, la reacción es justo la contraria, y la protagonista se encuentra con la aceptación del chico: “el tiempo se para y te acercas diciendo yo no te conozco y te echaba de menos”. Cuando asistimos a un evento trascendental en nuestras vidas, tendemos a olvidarnos del mundo y de la realidad y se crea un tiempo mítico. De ahí la metáfora del tiempo parado. Esto que ha pasado es algo tan importante y grande para la protagonista que se olvida de todo lo demás. La paradoja (no te conozco y ya te he echado de menos) sirve para expresar la correpondencia amorosa.

Justo en el momento culminante de la relación (triunfo del amor) entra en juego el otro componente del tema: el destino, en forma de 11M (atentados de Madrid).

En esta parte del tema encontramos elementos pertenecientes a la literatura trágica. El destino se concibe como algo caprichoso y cruel. Justo el día que la protagonista cumple su mayor deseo (ser correspondida por el chico) se produce la tragedia que les conducirá a la muerte. Y encima, ella, podía haber evitado esa muerte: “Cada mañana rechazo el directo y elijo este tren”. Recordad que hay un tren que le llevaría directo a su trabajo, pero ella prefiere el otro tren porque en él va el chico. Y casualmente, este tren es uno de los que explotaron aquella fatídica mañana. Podríamos decir que la chica va a morir por amor (aunque suene muy cursi decirlo). Si no se hubiera enamorado del chico nunca más hubiera cogido ese tren. En cambio ese enamoramiento le lleva directamente a la muerte. Cosas del destino.

En las últimas estrofas se describen los últimos momentos de vida de la pareja. Recordad que los trenes explotaron un poco antes de llegar al andén: “Y ya estamos llegando”. El receptor morboso que solo escucha este tema por la referencia al 11M, cuando llega a este punto ya sabe lo que va a pasar. El tren llega a su destino, que es la muerte.

Sin embargo, la protagonista es ajena a todo lo que va a pasar. Ella es feliz. Ha conseguido lo que quería. El chico de sus sueños la quiere. Es un día importante en su vida: “Mi vida ha cambiado, un día especial este once de marzo”. Y aquí entra en juego la ironía del destino. Su vida ha cambiado, claro…tanto que si ha cambiado. Va a morir en unos instantes. El 11M es el día de su muerte pero también el día de su máxima plenitud y satisfacción espiritual.

En los últimos instantes de vida, los amantes permanecen unidos: “Me tomas la mano, llegamos a un túnel que apaga la luz…”. Hay unión física y espiritual de los personajes. El túnel queda personificado (“apaga la luz”). El fin de la luz y la llegada de la oscuridad es metáfora del final de la vida, y también de ese amor que tan efímero ha sido.

La protagonista dedica sus últimos segundos de vida a contemplar y palpar la figura del amado (“te encuentro la cara, gracias a mis manos […] y te beso en los labios”). Haber alcanzado la plenitud amorosa le ha hecho recuperar la autoestima, perder sus miedos, justo en el final de su vida. Hay una transformación de la protagonista de la primera estrofa a la de la última: “Me vuelvo valiente…”

En dos versos finales se expresa el último acto comunicativo entre los amantes: “Dices que me quieres (declaración verbal de intenciones) y yo te regalo el último soplo de mi corazón (se materializa el cuerpo como acto de entrega al amado). Lo único más valioso que le queda a la protagonista (su segundo de vida) se lo dedica a él.

Casi todos los versos del poema son de arte mayor (más de 8 sílabas), excepto el último verso de cada estrofa que es octosílabo (se inundan mis pupilas, va y viene el silencio, y me quiero morir, y elijo este tren…). A veces se producen pareados entre dos versos consecutivos (lista-revista, bonita-imaginas, viernes-Bécquer)

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