lunes, 16 de mayo de 2022

Con un pañolito blanco: del amor al despecho, y del despecho a desear la muerte del amado

A lo largo de estos dos años y medio hemos analizado muchas coplas que tienen como tema principal el desengaño amoroso.

En un porcentaje de los casos, los protagonistas han reaccionado de manera comedida, estoica, mesurada, serena, prudente: aunque el fin del amor haya supuesto dolor y tristeza (no es un plato de buen gusto saber que tú quieres a una persona, pero esta no siente lo mismo por ti), los personajes no se han mostrado rencorosos ante el individuo que no les corresponde

Por mucho daño que hayan recibido, los yos poéticos mantienen la compostura, sin mostrar odio o despecho hacia el otro miembro de la relación. Aunque no haya reciprocidad amorosa, el protagonista mantiene una actitud de respeto y dignidad hacia la persona que amaba (al menos, no le tira los trastos a la cabeza, respeta su decisión y no la considera culpable de nada).

En el tema que os traigo hoy, una zambra de Quintero, León y Quiroga del año 1942 para Antoñita Colomé, vamos a ver en escena a la mujer despechada, que ante la no correspondencia del amado, le lanza una serie de quejas, críticas, injurias, deseos y maldiciones, que no dejan en buen lugar al hombre.

Esta tarde vamos a analizar Con un pañolito blanco: 



Como un clavel encendido,

yo te entregué mi querer,

te di el agua de mi labios,

pa que calmaras tu sed.

Te di mi lunita clara,

te di mi blanco azahar,

en monedas de cariño,

ya no pude darte más.

Y por cosas de la vida,

ahora me ves por la calle,

como a una desconocida.

 

¡Que se me salten los ojos,

si yo te vuelvo a mirar!

¡Que la lengua se me caiga,

si te volvirera a llamar!

¡Ojalá que tú cameles,

a quien no te quiera a ti,

y te dé a probar las hieles,

que tú me distes a mí!

Pero me queda el consuelo,

de que al llegar tu hora mala,

con un pañolito blanco,

yo te taparé la cara.

 

Al revolver de una esquina,

me di de cara con él,

y se me puso el semblante

más blanco que la pared.

Me hice un nudo en la garganta,

para no decirle nada,

y seguí por mi camino,

sin volver la vista atrás.

¿Qué delito he cometido,

si sólo te he camelado,

con todos mis cinco sentidos?

 

¡Que se me salten los ojos,

si yo te vuelvo a mirar!

¡Que la lengua se me caiga,

si te volvirera a llamar!

¡Ojalá que tú cameles,

a quien no te quiera a ti,

y te dé a probar las hieles,

que tú me distes a mí!

Pero me queda el consuelo,

de que al llegar tu hora mala,

tiene que ser mi pañuelo,

el que te tape la cara.

.................................................................................

Para que una relación amorosa funcione hace falta reciprocidad, es decir, que el sentimiento de afecto se proyecte del primer elemento al segundo elemento, y del segundo elemento al primer elemento. En este caso, la pasión solo se irradia del eslabón 1 (parte femenina, protagonista), al eslabón 2 (parte masculina, amado). Este último no posee los sentimientos necesarios e imprescindibles para configurar el vínculo de pareja.

En los primeros versos se presenta a la protagonista como una mujer enamorada. El amor se concibe como un acto de entrega total, en el que una persona está dispuesta a compartir su esencia, su autenticidad, su existencialidad, su vida, con otra persona a la que quiere.

Este sentimiento se describe y se proyecta mediante una serie de figuras retóricas:

1.Por un lado, la comparación: Como un clavel encendido yo te entregué mi querer. El clavel es una flor de color rojo, el cual simboliza la pasión que irradia la mujer hacia el amado.

Además, ese rojo aparece intensificado con un participio relacionado con la luz (flor encendido).

Si a un concepto pasional como es el color rojo le añadimos un segundo elemento igual de pasional, como es la luz (de influjo místico), el resultado es un torrente arrollador de energía amorosa. La protagonista alcanza un estado de éxtasis superlativo. Está totalmente enamorada del chico.

2. Por otro lado, las metáforas. Estas forman estructuras en paralelismo (complemento indirecto de segunda persona + verbo de transacción + posesivo + adjetivo + sustantivo): Te di mi diminuta luna, Te di mi blanco azar.

El hecho de identificar el amor con conceptos astrales es una práctica frecuente en poesía, ya que los elementos del cielo son realidades que resultan inaccesibles. No se puede tocar el sol, ni las estrellas, ni la Luna. Aparte, son objetos que irradian luz. El tufillo místico es innegable.

Cuando una realidad resulta inasequible/inalcanzable/imposible pasa a convertirse en un TESORO. Todo el mundo lo anhela, pero nadie puede alcanzarlo. Con el amor pasa lo mismo. El acto de querer a una persona se concibe como un sentimiento VALIOSO. Es muy difícil amar y ser amado. No todo el mundo tiene el honor de dar y recibir afecto.

La identificación del amor con elemento blancos (azahar) hace hincapié en la pureza del sentimiento: amar a alguien supone compartir tu esencia, tu persona, aquello que es propio de ti, tu genuinidad, tu alma, tu psiqué con otro ser. Algo puro, que es propio de ti y solo de ti, se fusiona con otra entidad. Y esto surge de una manera incondicional, desinteresada, pasional. Quieres a alguien porque sí. No hay más. No buscas recibir nada material a cambio. El amor por el amor.

A veces, amar supone sacrificar parte de esa pureza, de esa limpieza (de lo blanco) para complacer a la persona que quieres.

El color blanco también va asociado a la virginidad, la inocencia. La amada se entrega pura y casta al esposo.

3. En tercer lugar, la alegoría. La alegoría se define como una metáfora continuada, es decir, como varias metáforas que se encadenan para transmitir un significado: Te di el agua de mis labios para que calmaras tu sed.

El hecho de identificar el amor con el agua es una manera de concebir al primero como un elemento vitalizador, purificador, que es imprescindible para la persona. No se puede concebir una vida sin amor. Todo el mundo tiene una necesidad (sed) de amar a alguien (agua).

En general, la protagonista tiene una visión racionalista del amor. Ella piensa que el hecho de tener una intención de amar, un sentimiento de afecto hacia alguien es más que suficiente para que la relación cuaje. Ella aplica la lógica y el sentido común: si yo quiero a una persona y me esfuerzo en quererla y ganarme su cariño, lo normal es que esta persona acabe enamorada de mí.

Sin embargo, el amor es de todo menos lógico. A veces, por mucho que hagamos para ganarnos el amor de alguien, esta persona no nos quiere. No hay correspondencia. El amor se define como algo misterioso, irracional, irregular que no responde a reglas y fundamentos teóricos. No hay una fórmula exacta para conseguir el amor. Tú puedes querer mucho a alguien y la otra persona no quererte a ti nada.

De hecho, la poca concreción en la expresión lingüística del yo poético es síntoma de la dificultad para explicar por qué no se produce la reciprocidad amorosa: y por cosas de la vida, ahora me ves por la calle, como a una desconocida.

La palabra cosa es un vocablo baúl o comodín, ya que tiene un significado demasiado genérico y poco preciso. Resulta imposible establecer motivos racionales que expliquen el rechazo de él a ella. El amor es así, caprichoso, caótico, azaroso, arbitrario. No hay ciencia que determine su funcionamiento.

El hecho de utilizar la palabra vida da un toque existencialista al discurso, muy cercano a las teorías deterministas (esto así y no se puede hacer nada).

La comparación (como a una desconocida) enfatiza el dramatismo de la situación. Por un lado, justifica el posterior enfado de la mujer: al ser él el que le ha dejado a ella, ella tiene todo el derecho del mundo a enojarse y quejarse. Por otro lado, ella queda como la víctima, y el receptor, por norma general, siempre empatiza con la parte afectada: pobrecilla, está pasando un calvario y qué malo que es él por no corresponderla. La comparación empequeñece a la mujer, y el lector se compadece de ella

La protagonista piensa que el sentimiento amoroso es un concepto técnico y teórico. Si tú sigues unas pautas y reglas (aplicando los principios de lo políticamente correcto y el sentido común) lo normal es que la persona que quieres caiga rendida ante tus pies. Pero es que el amor no funciona así de perfecto y exacto. Su comportamiento es impredecible y caótico. Si tú subes la temperatura del agua a 100 grados, esta ebullirá. Con el amor no existen esos patrones. Unas veces hervirá a 20, 50, 100, 150, 200…

La teoría es muy fácil. Muchos tratadistas escribieron sobre el amor y el arte de amar, utilizando palabras celestiales (amar es entregarte a la persona que quieres, amar es dar tu vida por otro, amar es querer pasar el resto de tus días con otra persona…). Sin embargo una cosa es la teoría, y otra la práctica. Una buena teoría no implica una armonía amorosa. La protagonista expone muy bien la teoría mediante los verbos de transacción (te entregué, te di…).  Ella cree que teniendo buenas intenciones, aplicando nociones de sacrificio, esfuerzo y constancia, ya está todo hecho. Y no es así.

Ella piensa que el acto de amar consiste en agradar a alguien, y la mejor manera de agradarlo es dándole y entregándole cosas (materialismo), aunque esas cosas no sean físicas o materiales (amor, cariño, yo, espíritu, esencia, es decir, espiritualismo).

Se crea una mezcla muy curiosa de materialismo y espiritualismo:

-Materialismo porque para demostrar amor hay que dar y recibir. Existe un trueque, una materialización, una mercatilización del amor: sino se da y se recibe, no existe el amor.

-Espiritualismo, porque esas cosas que se dan y se reciben no son materiales, sino sentimientos o esencias personales.

Podríamos decir que el amor consiste en materializar sentimientos o esencias. Por eso, elementos abstractos y espirituales se unen a sustantivos concretos y materiales: monedas de cariño.

El sustantivo moneda, además, permite cuantificar y gradar ese sentimiento, dándole trascendencia e importancia. las monedas de oro, el dinero, son elementos valiosos, lo mismo que el cariño

La protagonista irradia tanto deseo e intención de ser correspondida que en ocasiones, alcanza un estado que acaricia lo hiperbólico.  Ya no puede darte más.

Ella pone todo de su parte, toda la carne en el asador (teoría amorosa), con el objetivo de complacer al hombre y formalizar una relación sentimental.

Tened en cuenta que hay gente que es capaz de llevar todo esto al límite. El hecho de entregarse a otra persona supone perder parte de tu autenticidad, de tu psicología, de tu esencia personal, e incluso de tu felicidad, intentando esconder defectos que creemos, pueden ofender al otro.

El peligro de dar tanto en una relación es que se sobrepasen determinadas fronteras que atenten contra nuestras realizaciones, y que por culpa de complacer a otra persona, dejemos de ser nosotros mismos. Para conseguir unas cosas, renunciamos a otras que son igual de importantes. Al final, esta forma de amar, si no se controla, puede terminar en un “materialismo espiritualista”

De todas formas, a pesar de las buenas intenciones, del conocimiento de la teoría y del empeño de la protagonista, el amado no le corresponderá. Esto provocará el enfado en la mujer, lo cual, le llevará en el estribillo a lanzar una serie de maldiciones al amado.

Las oraciones exclamativas dan un toque altisonante a las palabras de la muchacha, muy cercano al del Romanticismo exacerbado y ruidoso de los primeros años del siglo XIX: ¡Qué se me salten los ojos si yo te vuelvo a mirar!, ¡Que la lengua se me caiga si te volviera  a ver!. El tono intimista brilla por su ausencia.

La amada aparece reflejada como una mártir de amor (sufridora). Por ejemplo, en las apódasis de las subordinadas condicionales el dolor anímico (por la no correspondencia) tiene una serie de repercusiones físicas/corporales. La protagonista siente tanta rabia de la falta de reciprocidad con el amado, que se generan una serie de estampas truculentas y viscerales en las que ella misma es la perjudicada: que se me salten los ojos, que la lengua se me caiga.

Estas imágenes son muy hiperbólicas y conforman un quiasmo o estructura cruzada: predicado [se me salten] +sujeto [los ojos] / sujeto [la lengua]+ predicado [se me caiga]

Un viejo tópico rescatado de la poesía de cancionero es el del amor entrando por los ojos. Por eso, en las prótasis de las subordinadas condicionales, aparecen verbos relacionados con el sentido de la vista: si te volviera a VER, si yo te vuelvo a MIRAR

Tener contacto visual con el amado, supone acrecentar el sentimiento amoroso. El amor penetra por los ojos: cuanto más cerca estás de la persona que quieres, el embrujo es mayor. En esta ocasión, al no haber correspondencia, el estar cerca de la persona que amas se traduce en dolor. La protagonista está calada por los huesos del chico, pero este no siente lo mismo. ¿Resultado? La no correspondencia, convierte el amor en rencor. Se trata, pues, de un sentimiento de amor-odio

En esos casos, el estar visualmente cerca de la persona a la que quieres (mirarla, verla) supone una perturbación emocional terrible (la quieres, pero ella no te quiere). Por eso, es necesario crear un distanciamiento, con el fin de alejarse de esta fuente de amor-odio. Como consecuencia, la muchacha se lanza a sí mismas una serie de maldiciones, cuyos efectos serían terribles y macabros (perder los ojos, quedarse sin lengua…) ante unas condiciones de acercamiento con el amado: si la vuelvo a mirar, que me pase todo este repertorio de cosas malas

Estar cerca de la persona que quieres y no poder disfrutar de ella es una tortura para la protagonista. De ahí, el sufrimiento y el resquemor. Las maldiciones (que se me caigan los ojos, que pierda la lengua) es un mecanismo de defensa para crear distanciamiento y desenamorarse.

Este distanciamiento se consigue también lanzando maldiciones al chico. Mediante la oración desiderativa, la mujer desea que el hombre tenga que vivir lo mismo que ella está viviendo ahora: que él se enamore de alguien que no le corresponda, para que vea lo mal que se pasa al no ser correspondido: Ojala tú te cameles a quien no te quiera a ti. El hecho de desear el mal a alguien crea una situación de rencor, rabia y despecho.

Las metáforas están al servicio de esas maldiciones: ojalá […] te dé de probar las hieles que tú me diste a mí. La hiel (bilis del estómago) representa la amargura, la aspereza, el disgusto, la adversidad (la textura de los jugos gástricos suele ser muy desagradable). La protagonista busca la venganza: que todo el daño que él le está haciendo, se le vuelva en su contra, como una especie karma. La mujer busca que el dolor sea recíproco.

La rabia y el rencor van in crescendo a lo largo del estribillo, creando una gradación, que va de menos a más: primero, las maldiciones se vierten contra sí misma; luego, el sufrimiento le hace desear una seria de cosas malas al amado; y finalmente, el culmen o clímax: la protagonista anhela la muerte del hombre.

Esta copla está influida por un subgénero de la poesía cancioneril que es el conjuro. Los conjuros son composiciones en las que un poeta no correspondido, desea a la dama una serie de desgracias y maldiciones, con el objetivo de que esta sufra y así vengar la no reciprocidad. En ocasiones, se llega a desear la muerte (como sucede en esta canción). La diferencia radica en que en el conjuro la voz poética es un hombre, y en este poema el yo poético es femenino.

A pesar de estos matices formales (hombre-mujer), conceptualmente el estribillo posee aromas de conjuro, ya que se desea la muerte del otro: Pero me queda el consuelo de que al llegar tu hora mala con un pañolito blanco, yo te taparé la cara. La mujer quiere estar físicamente presente en ese momento, delante del cadáver de aquel que le ha hecho tanto daño.

La mejor manera de encontrar el alivio y el consuelo ante la pena es alejarse lo máximo posible de la fuente del dolor. Esto, unido al sentimiento de rabia y rencor de no verse correspondida, incita a la protagonista a desear la muerte del amado.

La palabra muerte es un término tabú, ya que está cargado de connotaciones negativas y peyorativas. Para mucha gente, utilizar el término muerte genera miedos, vergüenzas y pudores. Por eso, el yo poético recurre a una serie de recursos con el objetivo de no tener que pronunciar dicha palabra, pero sí transmitir su idea.

-Por un lado el eufemismo, es decir, usar una palabra que no posea una fuerza semántica tan intensa e impactante, pero a la vez respete el significado original: De que al llegar TU HORA MALA. Tu hora mala es una forma eufemística de referirse al momento en que mueres (al fin y al cabo, fallecer es lo peor que le puede pasar a una persona)

-Por otro lado, el rodeo, el circumloquio, la indirecta, basándonos en elementos de la cultura popular: De que al llegar tu hora mala, con un pañolito blanco yo te taparé la cara.

Antiguamente, cuando alguien moría, al preparar el cadáver para el enterramiento, se solía vestir al muerto con las mejores galas. Encima de la cara se le ponía un pañuelo de color blanco, ya que la gente pensaba que colocando ese trapo en el rostro, la tez se conservaría durante más tiempo y tardaría mucho más en podrirse y descomponerse.

No sé si esta costumbre todavía se seguirá practicando en algunos pueblos pequeños. Hace muchos años, era una práctica frecuente cubrir la cara del cadáver con el pañuelo.

En lugar de decir “ojalá te mueras”, la amada expresa el deseo de ver muerto al amado de una forma sutil, tenue, indirecta, aludiendo a esta costumbre popular. Si le coloca el pañuelo blanco en la cara es porque él se ha tenido que morir previamente. Se alude al efecto (pañuelo blanco) por la causa (muerte). Estamos ante una metonimia.

La protagonista desea ver muerto al amado. El futuro de indicativo (taparé), y la oración subordinada temporal con infinitivo (al llegar tu hora mala…) dan al discurso un tono profético y fatalista, que crea una sensación de mal augurio, como si estuviera escrito de antemano que él morirá antes que ella. Esta forma de expresión evoca a las predicciones de los oráculos de las tragedias griegas.

La segunda estrofa narra el encuentro casual de los amantes un día mientras caminaban por la calle: Al revolver de una esquina me di de cara con él…

La parte narrativa se inserta de una forma diáfana y limpia, con expresiones coloquiales y relajadas (darse de cara), que hacen hincapié en el contacto visual entre la expareja. Darse de cara implica que han pasado cerca uno de otro. Se palpa tensión en el ambiente

Estar cerca de la persona que quieres y no ser correspondido se convierte en un trauma para la mujer. Esto se refleja en la comparación: se me puso el semblante más blanco que la pared

El adelantamiento del verbo al sujeto (se me puso el semblante/el semblante se me puso) genera un hipérbaton que refleja la inestabilidad emocional de la chica, y el grado de afectación. Cuando nosotros estamos preocupados por algo, nos cuesta hablar con normalidad y son frecuente estas alteraciones en el orden sintáctico.

El color blanco está relacionado con la palidez, la perturbación, lo mustio, Cada vez que te encuentras con la persona que quieres y esta no te corresponde, se crea una sensación casi de muerte, muy incómoda: estás cerca de aquello que resulta imposible de alcanzar.

Como consecuencia, la persona afectada pierde el color, la alegría, la expresividad. De ahí el color blanco. El organismo se trastoca cuando tienes delante a esa persona. Es un momento muy desagradable. Rememoras muchas cosas.

Tened en cuenta que la protagonista se encuentra en una situación límite, en una especie de encrucijada, en la que confluyen muchos sentimientos contradictorios y resulta difícil establecer una frontera.

-Por un lado, hay amor (ella le corresponde a él); pero por otro lado, hay dolor y odio (él no le corresponde a ella y eso genera frustración y rabia en la chica). Estamos ante un desengaño barroco de manual.

-Por un lado, a ella le gustaría contar todo lo que siente, soltar todo lo que lleva dentro, vomitar todas sus inquietudes y pasiones, desahogarse con el chaval. ¿Problemas? Por mucho que se desahogue, si no hay correspondencia no sirve de nada. Lo importante es el sentimiento y si él no siente afecto por ella, no tiene sentido dedicar tiempo a esta persona.

Si se optara por establecer un diálogo con el amado, ella seguiría pasándolo mal, y lo único que haría sería complicar más la situación y echar más leña al fuego (para ambas partes). La conversación se convertiría en un cruce de reproches.  

Al final, para lo único que serviría hablar con el amado, sería para seguir ahondando en las penas, entrando en un bucle de miserias emocionales que no terminarían nunca. El desahogo prefiere hacerlo a modo de soliloquio en el estribillo, en una situación de intimidad y desnudez lírica individual. 

Por eso, la protagonista opta por la vía del silencio y la contención. La mujer prefiere olvidarse del tema, crear un distanciamiento, callarse. Esta actitud pasiva se refleja en la metáfora: Me hice un nudo en la garganta para no decirle nada.

Lo mejor es dejar de hurgar en la herida y olvidar al amado. Es quizá la situación menos dolorosa. La separación física de los amantes simboliza la separación afectiva, ya que cada cual se aleja por un lado diferente de la calle, pues hay una incompatibilidad entre caracteres: Y seguí por mi camino sin volver la vista atrás.

La metáfora de la vida como camino (inspirada en Jorge Manrique y Antonio Machado) refuerza la decisión de la muchacha, que prefiere olvidar el pasado (que las heridas se curen) y seguir hacia delante.

Al final de la segunda estrofa asistimos a una reflexión de la chica, que queda planteada mediante una interrogación retórica: ¿Qué delito he cometido si solo te he camelado con todos mis cinco sentidos?

Esta reflexión hace referencia al viejo tópico del amor como realidad injusta, caprichosa y misteriosa. En teoría, enamorarse es una experiencia sensacional, maravillosa, bonita, y positiva: Sin embargo, a veces, viene cargada de desdichas (dolor, pena, tristeza por la no correspondencia, desengaño…)

Este pensamiento está en sintonía con la filosofía racionalista de la chica. La muchacha cree que la realidad funciona de una manera perfecta, armónica, exacta y justa. Si tú haces cosas buenas (enamorarte), los efectos deben ser buenos (felicidad). Ella no puede concebir que cosas aparentemente buenas (amor), acaben trayendo cosas malas (dolor). Eso genera una actitud de rabia y rebeldía ante la realidad.

Ella cree que las cosas malas las merece la gente que actúa mal, y no aquellos que hacen cosas buenas (enamorarse). Sentir afecto por alguien no es un delito. Sin embargo, ella está sufriendo lo mismo que una persona que hace las cosas mal. Esto justifica la actitud durante el estribillo: como el muchacho le ha hecho daño con esa no correspondencia (le ha provocado dolor), la muchacha piensa que es justo que le sucedan desgracias.

La protagonista entremezcla de una forma confusa lo moral con lo sentimental (tener X sentimiento te hace ser buena/mala persona). Ella cree que el amor funciona aplicando los principios de la razón y la lógica para conseguir un resultado. Al final se da cuenta de que no es así, y esto le lleva al desengaño: querer mucho a alguien no te garantiza ser querido.

A veces los sentimientos sobrepasan a la razón (las cosas pasan y no podemos saber su causa real, sobre todo, en cuestiones amorosas). La razón y el sentido común no siempre permiten entender y dar una explicación a la realidad. Esto crea frustración.

En esta copla no solo se expresa una frustración ante un desengaño amoroso particular, sino también ante un sistema o filosofía de vida basado en lo racionalista.

Cada estrofa consta de:

-Dos coplas: cuatro versos octosílabos que riman el segundo con el cuarto [querer-sed, azahar-más, él-pared]. El primero y el tercero quedan libres [encendido-labios]

-Un terceto: tres versos octosílabos, con rima entre primero y tercero [vida-desconocida, cometido-sentidos].

En los dos casos, las rimas son asonantes.

 Los estribillos están formados por la unión de tres coplas


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